viernes, 16 de enero de 2015

El Movimiento Nacional / Ramón Cotarelo *

Sabido es, el franquismo descansaba en el ejército, la Iglesia y un confuso ente llamado Movimiento Nacional ideológico a la par que institucional, que contaba con una Ley de Principios de carácter constitucional. Un partido único, en definitiva, con un secretario general que era a la vez ministro y un jefe nacional, a modo de presidente, que era el Jefe del Estado, caudillo de España por la gracia de Dios. 

Ese ente magmático estructuraba la carrera política de los franquistas, igual que el cursus honorum de los romanos, e iba siempre sobre dos carriles, el del partido y el del Estado. Se empezaba como jefe local del Movimiento y, por ende, alcalde; se seguía como jefe provincial y, en consecuencia, gobernador civil y, ya lo hemos visto, se terminaba como jefe nacional y, como es lógico, caudillo de España. Una carrera política en un partido que era el Estado y un Estado que era el partido.

Lo que está haciendo el PP, ya desde su refundación en 1989, si no antes, es reproducir el modelo franquista. La pertenencia al partido es una carrera política. Los militantes son también cargos públicos. Son alcaldes, presidentes de comunidades autónomas, consejeros, diputados, senadores, ministros. Son profesionales de la política como en el franquismo. Pero, a diferencia de la Dictadura, que garantizaba a los militantes los cargos institucionales porque Franco los nombraba a todos, incluidos los alcaldes, la democracia introduce un elemento de incertidumbre si, por ejemplo, se pierden unas elecciones. Los partidos no solo acusan las derrotas electorales en descensos de sus presupuestos, sino también en el aumento de las cesantías. Para evitar esta desagradable situación de los políticos "en suspenso", por así decirlo, el PP parece haber generalizado el cobro de sobresueldos. El sobresueldo ayuda a llevar los tiempos de sequía en cargos públicos.

Luego, cuando se retorna a los cargos públicos se supone que se renunciará al cobro de sobresueldos, entre tanto, objeto de indagaciones judiciales por su naturaleza sospechosa. A veces no es así. En realidad, los sobresueldos son la corrupción institucionalizada de unos profesionales que tienen el partido como una empresa para repartir beneficios. 
Y ¿qué produce esa empresa? Esencialmente ideología que se articula luego en políticas de desmantelamiento de todo lo público. Basta con escuchar al nuevo alevín a quien Rajoy ha puesto de portavoz de la campaña, ese petimetre heredero de Mont Pelerin pasado por algún think tank de descerebrados cuando dice que Papa Estado no tiene que decirme nada o algo así de ingenioso. 
A él, en concreto, tiene todo que decirle por cuanto, si mis datos no son falsos, lleva toda su vida cobrando sueldos públicos excepto dos meses que estuvo en algún banco suizo. Y no es broma. Como no lo es el caso de este jardín de flores neoliberales que pasan la vida entrando y saliendo de puestos públicos o semipúblicos, como son los del partido. 
Es el caso de Hernando, Báñez, Mato, Arenas, Casado, etc. Por no hablar de Cospedal, Aguirre, Ruiz Gallardón, Aznar o el propio Rajoy, todos ellos altos funcionarios o fedatarios públicos que llevan toda la vida en política en cargos desde los que predican y actúan en contra de lo público, del Estado al que juraron (estos son todos de jurar) servir.

Esa reproducción del Movimiento Nacional es la causa de la corrupción generalizada. Los casos de Matas, Fabra, Baltar, Bárcenas, la Gürtel, Pandora, etc no son "casos aislados". Son pruebas de una corrupción institucionalizada, estructural, una forma ordinaria de actuación del partido del gobierno. De hecho, hay algún juez que ya imputa un comportamiento ilícito al partido como tal, que se ha lucrado de presuntos delitos. Sin ningún tipo de límite. 
Hasta ayer mismo muchos se escandalizaban de que la corrupción valenciana hubiera llevado a pegar mordidas con motivo de la visita del Papa. Hasta ayer, cuando se supo que el PP podría haber financiado su edificio de Bilbao con dinero de donaciones a favor de la lucha contra el terrorismo. Como cuando Roldán estafó a los huérfanos de la Guardia Civil o Urdangarin, al parecer, a una asociación de discapacitados o algo así.

Realmente, hay una conciencia de indignación ciudadana notable. Es la que ha llevado al gobierno de la derecha a pertrecharse material y jurídicamente para reprimir las manifestaciones posibles de descontento popular. La Ley Mordaza es literalmente un abuso. La tendencia autoritaria insoportable. Esas medidas de seguridad por decreto contra el terrorismo yihadista que el PSOE está negociando con el gobierno preanuncian represión indiscriminada de musulmanes.

Sánchez ha estado especialmente desafortunado al ofrecer su apoyo al gobierno en nombre de la doctrina de la seguridad. Lo primero que hizo Bush Jr., fue formular una doctrina de la seguridad nacional que propugnaba políticas preventivas, con las cuales llevó a su país a la guerra del Irak. A su país y a medio mundo. Eso de la seguridad es demasiado serio para dejarlo en manos de gente con pocas luces.

¿O va a apoyar Sánchez también en nombre de la seguridad esta nueva vuelta de tuerca dictatorial de dar plenos poderes a Rajoy? Porque de eso se trata. 


Paseando la bandera


Efectivamente, los griegos han podido escuchar a Pablo Iglesias por la televisión, pidiendo en inglés el voto para Alexis Tsipras, de Syriza, porque es un candidato griego (la otra es Angela Merkel por intermedio de ND y el PASOK) que devolverá al país la soberanía nacional. Esa expresión traerá cola en España. Los nacionalistas españoles pedirán la misma contundencia en favor de la soberanía nacional española y los catalanes en favor de la catalana. Porque, dirán, no está bien proclamar fuera lo que no se defiende dentro. Eso es lo que hace Rajoy cuando acude a luchar por la libertad de expresión en París pero la reprime en Madrid.

Iglesias se ha dirigido a los griegos en inglés correcto, directo y sintético. Ha sido una aparición en plasma, como la famosa de Rajoy, pero con fuerza presencial. Ni en plasma puede Rajoy dirigirse a los griegos porque no es que no hable inglés; es que tampoco lo lee. Así que, nada, a tomar un avión y presentarse en Atenas, abrazarse a Samaras, arengar a la población en ese español que el presidente se gasta y decir las cosas que dice. Ha dicho a los griegos que prometer imposibles solo genera frustración. Podría haber añadido que lo sabe por experiencia porque tiene al país rabiando. Incluso en su partido. Si Iglesias ha ido a decir a los griegos algo que le pueden cuestionar en casa, la advertencia de Rajoy suena directamente a pitorreo.

Lo cual demuestra que el auditorio en el que piensan los oradores es español. Pedir el voto para Tsipras es pedírselo a los españoles para su alter ego peninsular. Decir a los griegos que no voten a Syriza, es decir a los españoles que no voten a sus primos hermanos los adanes de los imposibles. Uno puede pensar lo que quiera del razonamiento de Iglesias, pero lo que dice es bastante razonable. Lo de Rajoy, en cambio, es un dislate porque si alguien ha prometido imposibles ha sido él. Admitido por él mismo. Pero no concluye que haya generado frustración sino, al contrario, optimismo, ilusión, sano crecimiento, raíces vigorosas. O sea, una misma promesa genera frustración u optimismo, según lo decida Rajoy. Un dislate.

Los dos discursos en el ágora han sido opuestos en todo. El de Iglesias fue positivo, pidiendo el voto para Syriza y, de rebote, para Podemos. El de Rajoy, negativo, pidiendo que no se vote a Syriza.

El tercer político con aspiraciones, Sánchez, está en Washington, entrevistándose con la directora del FMI. También fuera. Pero no en Grecia en donde los socialdemócratas acaban de escindirse y es probable que ni siquiera sepa aún de qué lado caerán los españoles. De todas formas, antes de salir, ha dejado un regalito envenenado en forma de acuerdo con el PP para legislar ad hoc contra el terrorismo yihadista. Envenenado para los suyos, obligados a defender lo indefendible, esto es, que se colabore con un gobierno que restringe las libertades y derechos cuanto puede, solo por ese prurito de dar imagen de sentido de Estado. Es que es de risa. Terrorismo yihadista, cuando nadie sabe qué quiere decir eso ni por aproximación y, por lo tanto, puede significar cualquier cosa y encubrir cualquier atropello.

La subalternidad de la socialdemocracia frente a la derecha española más cerril es lamentable. Ahora que el Tribunal Supremo puede abrir una línea sucesoria de bastardía en la Corona es un buen momento para que Sánchez precise hasta dónde llega su adhesión a la monarquía frente a esa República que dice llevar en su corazón y que, podrá ser nefasta, oligárquica, mediocre, lo que se quiera, pero no ridícula, porque la sucesión en la máxima magistratura depende de la voluntad de la gente y no de los lances amatorios del Jefe del Estado.

(*) Catedrático de Ciencia Política en la UNED

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