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viernes, 21 de marzo de 2014

Adolfo Suárez, el presidente que no recuerda que lo fue / José García Abad *


Su retirada de la vida política y posteriormente de la vida pública, unidas al silencio de la prensa en torno a Adolfo Suárez, hacían intuir que algo grave sucedía con el ex presidente. Una especie de un pacto no escrito de silencio, basado en la actitud intencionada del respeto que merece el personaje y en su triste destino. No fue hasta mayo de 2005 que la familia de Suárez hizo pública la enfermedad.

"Ya no recuerda que fue presidente del Gobierno, no conoce a nadie y sólo responde a estímulos afectivos como al cariño", explicaba su hijo Adolfo Suárez Illana. Durante una intervención en el programa 'Las Cerezas' de TVE -que presentaba Julia Otero-, manifestaba que su familia había decidido hacer pública la situación del que fuera jefe del Ejecutivo en la Transición española, porque "queremos mantener la dignidad y la estética" de una persona "que es muy querida y que no merece" ser objeto de "chismorreos".

El hijo del fundador de UCD y primer presidente del Gobierno de la Transición, relató que su padre supo, hasta la pérdida casi completa de sus facultades mentales, en 2003, de la enfermedad que padecía -Alzheimer-, y que "trató siempre de disimularla para evitarnos sufrimiento" y porque, "además siempre ha sido muy coqueto". "Ya no recuerda quién fue, aunque se muestra participativo a las muestras de cariño que le ofrecemos, interviene en algunas conversaciones con nosotros y sobre todo con sus nietos. Responde, en resumen, a los estímulos del cariño", contaba Suárez Illana en 2005. 

La muerte de su esposa, Amparo Illana, y la de su hija Mariam, supusieron duros momentos para el ex presidente del Gobierno, si bien la enfermedad impidió a Suárez darse cuenta de la pérdida.

La enfermedad pronto hizo que, además de la memoria, Suárez perdiera la capacidad de hablar. "Lo intenta, balbucea, a veces consigue articular una palabra o una frase no siempre con sentido y algunos amigos muy íntimos creen o quieren creer que les reconoce, que se alegra de verlos, pero van espaciando las visitas, contaba en 2005 el periodista José García Abad, autor de Suárez, una tragedia griega (La Esfera). Ya entonces el duque de Suárez apenas podía moverse. Su hija Laura es la que se ha ocupado principalmente de él estos últimos años.

Los primeros síntomas, en los 90

La enfermedad de Suárez no tiene fecha conocida de nacimiento, pero su hijo empezó a detectarla en los 90; avanzó insidiosa con el nuevo siglo y se hizo mas agresiva, inocultable, a partir de 2003, cuando hizo sus últimas apariciones en público para apoyar la candidatura de su hijo a la presidencia de Castilla-La Mancha. Su última foto oficial fue tomada el 2 de mayo de 2003: puede verse al duque acompañado de su hijo y de José María Aznar.

Santiago Carrillo, buen amigo del duque, lanzaba la alerta, a raíz de las declaraciones que hiciera éste con motivo de una conmemoración solemne en las Cortes: "Aznar ha sido el mejor presidente de la democracia". "Esa frase demuestra que Suárez padece una lesión cerebral", le comentó el líder comunista al autor del libro, quien le aféo tal afirmación. Pero Carrillo insistió con toda seriedad en su teoría de que aquella declaración era la prueba irrefutable de que su amigo sufría "una lesión cerebral".

Es cierto que Suárez entonces ya estaba mal. En un mitin que tuvo lugar con motivo de aquella campaña electoral en apoyo de su hijo, a la que acudió Aznar, miles de personas fueron testigo de su dolencia: "Mi padre ya estaba mal -admitía Suárez Illana- y yo no quería que acudiera al mitin, pero él insistió. Entonces le escribí un discurso con letras muy grandes. Leyó bien el primer folio, pero en el segundo perdió el hilo y volvió a leer el primer folio. Él se dio cuenta y dijo: 'Perdonen ustedes, pero creo que me he liado'. Retomó los papeles y empezó a repetir el fatídico folio. Finalmente dejó de lado el discurso preparado y con su espontaneidad habitual dijo: 'Bueno, para qué mas discursos, yo lo que os quiero decir es que mi hijo es una persona de bien y que hará muy bien su trabajo'. Los presentes estallaron en un aplauso interminable".

El deterioro era evidente. Como cuando Suárez rehusó asistir a una cena en la que se reunirían viejos 'fontaneros' del presidente, porque, dijo, tenía que "atender a Amparo", ya fallecida. En otra ocasión Suárez rechazó la propuesta para un viaje justificándose: "Esto se ha convertido en un hospital. Aquí estoy atendiendo a Amparo y a Mariam". Y una persona muy próxima al presidente me aseguró que ya no distinguía entre los amigos vivos y los muertos: "Con frecuencia pide que le pongan con Manolo".. Manolo, para Adolfo, era Gutiérrez Mellado, muerto el 15 de diciembre de 1995.

Son muchas las anécdotas que circulan al respecto, algunas ciertas y otras fantásticas, pues la leyenda se ha puesto en marcha. Una perfectamente contrastada: en cierta ocasión, en la que Suárez acudía a misa, sacó tranquilamente un pitillo y se puso a fumar en la Iglesia. Otra que no he podido confirmar: durante un traslado a una clínica donde debían hacerle unos análisis, Suárez se tiró del coche y se puso a ordenar la circulación de automóviles.

En julio de 2008, los Reyes visitaron a Adolfo Suárez y le hicieron entrega del Collar de la Insigne Orden del Toisón de Oro, la distinción más importante que concede la Casa Real Española. 

Al margen del campo institucional, el Rey y Suárez mantuvieron siempre una estrecha relación personal fruto de los intensos años de Gobierno del político que impulsó la Transición. Su relación se fortaleció por la lealtad y confianza demostrada en momentos difíciles. 

Precisamente una foto de ese encuentro, realizada por Adolfo Suárez Illana, en la que puede verse al Rey y al ex presidente paseando, obtuvo el premio Ortega y Gasset a la Mejor Información Gráfica.  

(*) Autor de 'Suárez. Una tragedia griega'

lunes, 26 de noviembre de 2012

Neoliberalismo (I): rasgos generales de la globalización

“Globalización” consiste en que el conjunto de mercaderes de las grandes urbes internacionalistas, decide gobernar el mundo entero como si de una enorme empresa se tratase. Las exigencias de esta mega-empresa global son acabar con todo tipo de fronteras (frenando a las personas, pero si dejando la libre circulación de mercancías y capitales), restricciones, particularidades territoriales, culturas tradicionales, soberanías nacionales o recursos productivos. Como una secta, la globalización extirpa al individuo de su marco habitual, plantándolo de sopetón en una nueva sociedad gris, homogénea pero con desigualdad de oportunidades y mentalmente uniforme, y encargándose de lavarle el cerebro para que jamás vuelva la cabeza hacia atrás: sólo puede aceptar la esclavitud quien no conoce otra cosa.

La globalización pide que los aparatos estatales sean organismos cada vez más débiles, corruptos, dependientes, decadentes y endeudados, que los Estados carezcan de un carácter autosuficiente, soberano y nacional, y que se vean subordinados a organismos mundialistas (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Banco Central Europeo, Naciones Unidas, Unión Europea, diversos bancos, logias de todo tipo, think-tanks, etc.) para que no defiendan sus propios intereses, integrándose sin rechistar en las directrices cuasi-dictatoriales de los mercachifles de Wall Street, la City y Frankfurt.
La globalización exige también una libre circulación de productos, empresas, mano de obra, materias primas, información e ideas. Cuando estos recursos se hallan en manos de un Estado hermético y éste no quiere regalarlos, ni siquiera bajo soborno, a las megaempresas transnacionales, la maquinaria mundialista le hace la guerra a ese Estado, hasta que logra “liberalizar” sus recursos y ponerlos en circulación por la red global en lugar de permitir que los beneficios vayan a mejorar las condiciones de vida del pueblo de turno. En la práctica, “los mercados” cogen al país de turno, lo lo violan, lo saquean y venden sus recursos al gran capitalista de turno.



¿Por qué hay tropas españolas estacionadas en Afganistán y Líbano y no en el Sahara Occidental? ¿Por qué traemos manzanas de Chile o naranjas de Argelia, gastando una millonada en queroseno y petróleo (y liquidando todo nuestro propio sector primario), cuando podríamos cultivarlas en el patio de la casa del vecino? ¿Por qué aceptamos el usar a niños esclavos para producir cosas que podemos producir localmente? ¿Por qué tenemos una dependencia total y absoluta del petróleo ajeno en lugar de producir nuestra propia energía? ¿Por qué están nuestras empresas buscando en el extranjero mano de obra más barata, dejándonos a nosotros en el paro y fomentando la neoesclavitud? ¿Por qué se están llenando nuestras ciudades de negocios basados en las mafias y con privilegios que no puede ni soñar el ciudadano de a pie? ¿Por qué se permite la entrada masiva de multinacionales y grandes empresas que se cargan sistemáticamente a las otrora dignas PYMEs y autónomos de barrio (cada día desaparecen una media de 268), creadores del 80% del empleo en España? Y finalmente, ¿por qué se hemos aceptado que se estén destruyendo los derechos laborales que nuestros antepasados sólo conquistaron tras décadas de duras luchas obreras?
La globalización es la respuesta a todas estas preguntas. El neoliberalismo es el vehículo actual para ello y su vertiente extrema (deriva que trata de imponerse desde los órganos mundialistas), el anarcocapitalismo, el fin a conseguir.
Los procesos mundialistas siempre han venido de la mano de corporaciones multinacionales, poderosas entidades apátridas que flotan en el éter abstracto de “los mercados” como una nube que se encuentra por encima del bien y del mal, y que ―a pesar de provocar guerras, crisis y cosas peores― no están sujetas a ley alguna, no responden ante nadie, mandan callar a los presidentes, manipulan a los pueblos, poseen mejor información que los servicios de Inteligencia y no le deben lealtad a ningún gobierno, antes bien, son los gobiernos los que (en las economías neoliberales capitalistas) trabajan para ellas.
La deslocalización empresarial es uno de los efectos directos de la globalización. En la práctica, se reduce a “evasión de capital y medios de producción a países con mano de obra barata y sumisa”.
Y es que “globalizar” implica liberalizar el mundo empresarial, permitiendo cualquier cosa con tal de obtener productos baratos que se produzcan y consuman a cada vez mayor velocidad. El efecto de esta política neoliberal ha sido que miles de empresas sin escrúpulos han abandonado sus lugares de origen en Occidente para instalarse en países orientales (China, India, Indonesia, Malasia, Bangladesh, etc.) donde la mano de obra es muchísimo más abundante, barata y sumisa que en el Primer Mundo.
El actual sistema busca instintivamente un filón a explotar, y cuando el filón se acaba o “pasa de moda”, se dirige al siguiente como un ermitaño. Durante mucho tiempo, Occidente fue el filón a explotar. Ahora la consigna es mano de obra oprimible y empresas totalmente libres de cualquier regulación estatal: el nuevo filón es Asia Oriental. De ese modo, el capitalismo salvaje, despojado de ataduras, es el responsable directo del ascenso de los regímenes explotadores y fundamentados en la neoesclavitud. Si en vez de una enorme economía global competitiva existiesen infinidad de economías independientes, proteccionistas, “de circuito cerrado” y cooperativas, jamás podría darse esta situación.


En España, para esconder las cifras de paro provocadas por las deslocalizaciones empresariales y el desmantelamiento de nuestra potencia agrícola e industrial, el Gobierno (presionado siempre por “los mercados”) ha subvencionado el turismo masivo, la hostelería, la burbuja inmobiliaria e incluso la burbuja estudiantil. Con ello, el partido de turno ha logrado meter bajo las designaciones “obrero de la construcción” y “estudiante” a un montón de personas que no tenían perspectivas reales de trabajo, por la ausencia de una economía verdaderamente productiva. Era obvio que este panorama no podía prolongarse indefinidamente, pero eso poco importa en un sistema donde los gobernantes sólo piensan en términos de cuatro años como mucho.

http://www.asociaciondry.org/?p=2612

viernes, 23 de noviembre de 2012

Crítica marxista de la monarquía / Iñaki Gil de San Vicente *

1. PRESENTACIÓN
Las dificultades que ha tenido que superar la organización de este evento es una muestra más de la incompatibilidad entre democracia y monarquía. La organización de este evento ha sido obstaculizada sistemáticamente por los aparatos de Estado para impedir que se realizase el programa previsto. Gracias a su dedicación y a su voluntad podemos estar ahora aquí para, entre todas y todos, avanzar un poco más en la crítica radical del orden establecido, que es de lo que se trata.

El lema que nos convoca y nos unifica en nuestras reflexiones puestas a debate no es otro que el que surgió al instante en centenares de millones de seres humanos cuando vieron atónitos al rey español arremeter contra el presidente electo de Venezuela, Hugo Chávez. Aquél «¡¿Por qué no te callas y dejas hablar»?!, mitad mandato imperativo, mitad pregunta furiosa. Millones de personas, muchas de ellas «súbditos de Su Majestad» en el Estado español, quedaron boquiabiertas y sorprendidas por semejante retroceso a los peores tiempos del colonialismo ahora redivivo. Muy pocas, las reaccionarias y añorantes del derrotado imperio español, aplaudieron a rabiar.

El 11 de noviembre de 2007, el presidente de Venezuela, electo mediante un impoluto procedimiento democrático, estaba dirigiendo la palabra a otros presidentes, dignatarios y cancilleres latinoamericanos, y fue interrumpido bruscamente por un iracundo monarca español que le negó por unos segundos el ejercicio del elemental derecho a la libre expresión. Tamaño autoritarismo generó una fulminante reacción internacional de respuesta crítica, de denuncia por semejante arbitrariedad. Ahora, cinco años más tarde, nos encontramos aquí para debatir en esta Contra Cumbre diversos aspectos importantes que se derivan de aquella agresión verbal.

Fue precisamente en verano de 2007 cuando estalló oficialmente la crisis capitalista mundial. Desde entonces, estamos viviendo un áspero y creciente enfrentamiento social, se está agudizando la lucha de clases y la lucha de liberación de los pueblos oprimidos, pero también los ataques del capital contra la humanidad trabajadora se multiplican. El derecho a la libre palabra, a la libertad de expresión y de crítica, corre cada vez más peligro porque la verdad, que siempre es revolucionaria, está descubriendo las causas de las crisis, sus responsables, sus  beneficiarios, y a la vez sus consecuencias terribles, desastrosas, para las clases explotadas.

Siempre es peligroso decir la verdad, pero siempre es necesario decirla. La Contra Cumbre de 2012 tiene como objetivo decir la verdad sobre lo que significa la presente Cumbre Latinoamericana y, en concreto, en nuestro tema a debate, el de que no nos callarán, tenemos la voluntad y asumimos la necesidad, por tanto el deber ético, de decir la verdad sobre lo que se oculta debajo del comportamiento del rey de los españoles cuando intentó hacer callar al presidente  de Venezuela.

2. ACTUALIDAD DE LA CRÍTICA DEL MARX DE 1843
Todos sabemos que en una época tan temprana como 1843, Marx dedicó un capítulo entero en su Crítica de la filosofía del Estado de Hegel a «La Corona», en el que entre otras cosas sostuvo con su sincera radicalidad que: «El monarca es dentro del Estado el factor de la voluntad individual, de la autodeterminación infundada, del capricho». Capricho y monarquía: ¿nos sugieren algo estas palabras de 1843 en los momentos actuales, bajo una Constitución que en el título II, artículo 56, apartado 3, afirma que: «La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65,2»? Por mucho que luego la Constitución determine algunos controles de la monarquía, la realidad es que nos encontramos ante un poder monárquico absoluto si lo comparamos con el de otras monarquías de la Europa actual. Capricho e irresponsabilidad, capricho e inviolabilidad.

La directa referencia a la identidad entre capricho y monarquía no es casual en Marx. De hecho la desarrolla y profundiza poco después, en la carta a Ruge de mayo de 1843, escribe:
«La monarquía no tiene otro principio que el hombre deshumanizado y despreciable (…) Allí donde el principio monárquico se halla en mayoría, los hombres se encuentran en minoría; donde se halla por encima de toda duda, no hay hombres. ¿Por qué un hombre como el rey de Prusia -que no tiene por qué sentirse problemático- no va a seguir simplemente su capricho? ¿Y qué pasará si lo hace? ¿Planes contradictorios? Bueno, pues no se hace nada. ¿Impotencia de las diversas orientaciones? Así como así no hay otra realidad política. ¿El ridículo y los apuros? No hay más que un ridículo y un apuro: tener que descender del trono. Mientras el capricho se halle en su sitio, tendrá razón. Ya puede ser tan voluble, atolondrado, despreciable como se quiera; siempre bastará para gobernar a un pueblo que nunca ha conocido otra ley que el arbitrio de sus reyes. Esto no quiere decir que un sistema descabellado y el desprestigio dentro y fuera carezcan de consecuencias, no seré yo quien garantice el barco de los locos; pero lo que si aseguro es: el rey de Prusia será un hombre de su tiempo, hasta que el mundo al revés deje de ser el mundo real».

Es innegable la actualidad de estas palabras de Marx simplemente imaginando que en vez del rey de Prusia se habla del rey de España, y en vez de «impotencia de las diversas orientaciones» se habla de la impotente sumisión filomonárquica de los partidos políticos supuestamente progresistas y hasta de «izquierdas», o sea, de la denominada muy correctamente «oposición de Su Majestad», y del ideario monárquico de la burguesía española. Los «caprichos» del rey son mundialmente famosos, y uno de ellos fue el exabrupto autoritario y filofascista con el que pretendió hacer callar al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en una reunión internacional en América Latina. Un presidente electo por mayoría probada en elecciones sin mancha alguna, electo democráticamente, y que pone su cargo a disposición del pueblo venezolano cada determinado tiempo, cosa que nunca ha hecho el rey de España, impuesto a perpetuidad. En este sentido, el exabrupto de Juan Carlos I contra Hugo Chávez era a la vez un ataque a la toda Venezuela, representada a sí misma en la persona de su presidente electo.

Ya que por capricho se entiende una acción o propósito vehemente, un antojo que se realiza sin razón aparente, de manera súbita, podría decirse que el fallido mandato autoritario del rey de España a Hugo Chávez no fue un capricho sino un acto decidido, meditado y pensado. Pero el problema es otro, es el de valorar realmente qué se entiende en la práctica política del rey lo que se define como «capricho». Dicho de otro modo, a un presidente de gobierno, o a un presidente de una república no se le permite ningún capricho porque está sujeto a la voluntad democrática expresada libremente en las elecciones, al menos así dice la propaganda burguesa. Incluso un pequeño tirano filofascista como Berlusconi, casi omnipotente, ha terminado dimitiendo y teniendo serios problemas con la justicia oficial, entre ellos algunos que pueden estar relacionados con supuestos «caprichos sexuales». Semejante comportamiento, sin embargo, era normal, cotidiano en las monarquías y poderes regios hasta no hace mucho, y todo indica que pueden seguir siéndolo pero bajo el silencio oficial.

Lo que debemos estudiar es la pervivencia política medieval y esclavista de la impunidad del rey, de su inviolabilidad e irresponsabilidad legal, aunque se nombren algunos tímidos controles. Impunidad unas veces disfrazada de capricho, otra de excentricidad, o de afición personal al deporte selecto, a la caza, al esquí, y hasta de «exceso de hombría».  Precisamente esta es la cuestión a debate, la que emergió abiertamente en la interrupción de la plática del presidente venezolano, Hugo Chávez, por el rey de España: ¿Qué mensaje primitivo, duro y cortante pervive incluso ahora en el abuso de poder del monarca español? ¿Qué continuidad de símbolos de poder arcaico se materializó en el gesto y en la voz monárquica española contra Venezuela? ¿Por qué aquella arbitrariedad real fue sentida como un insulto, un desprecio insoportable por millones de seres humanos, que no sólo por los y las venezolanas?

Entendemos mejor lo que estoy preguntamos si avanzamos un poco en el tiempo y analizamos el demoledor efecto desprestigitador que tuvo en la ya muy debilitada legitimidad de la monarquía española aquella terrible foto del rey matando elefantes, de cacería en África mientras la crisis empobrece hasta la miseria a millones de sus «súbditos», mientras la corrupción de miembros de la Familia Real amenaza con destapar un olla podrida. Millones de «súbditos» comprendieron al instante lo anacrónico e injusto de la monarquía, de cualquiera, lo insoportable ética y políticamente de una estructura oprobiosa, dilapidadora e inaccesible e indiferente a la razón crítica, democrática. 

3. POLÍTICA BURGUESA Y DERECHO AL TIRANICIDIO
Pues bien, en la historia de las ideas políticas, de la llamada filosofía política, o recientemente teoría política, el problema de la deslegitimación del rey por sus caprichosos abusos es uno de los más tratados; además, lo es en su extrema y decisiva profundidad, la de plantearse la cuestión del derecho a la resistencia a los abusos y caprichos del poder en general, y del monarca en nuestro caso, o de la oligarquía o tiranía establecida, u otra forma de gobierno como la democrática de la Grecia clásica ya en decadencia. No voy a extenderme en las reflexiones de Platón sobre el derecho a la resistencia a la tiranía, que siempre han de recordarse precisamente por venir de un reaccionario de tomo y lomo, padre espiritual de una fecunda estirpe reaccionaria que hoy campea a sus anchas incrustada en el imperialismo. Tampoco voy a hablar de la doctrina católica sobre la resistencia al poder injusto, ya sistematizada en el siglo IV-V por Isidoro de Sevilla, entre otros, y enriquecida por Tomás de Aquino en el XIII y en el XVI-XVII por el padre Juan de Mariana, por citar algunos exponentes.

Lo que recorre a esta doctrina es la supeditación del monarca a Dios, a la ley divina, que cuando es atacada manifiesta y reiteradamente por el monarca da a otros poderes inferiores, que apenas al pueblo explotado, el derecho a intervenir corrigiendo los abusos y caprichos, o en caso extremo a deponer al rey y a «hacer justicia». Pero no nos hagamos ilusiones demasiado pronto, exceptuando movimientos heréticos radicales, siempre perseguidos a  muerte por el poder civil y eclesiástico, que eran uno solo en la práctica, la «voluntad de Dios» prohibió bajo pena de excomunión que el pueblo explotado utilizase la mortífera, barata y democrática ballesta, porque con ella podía vencer a las acorazados caballeros feudales, expropiarles sus tierras -muchas de ellas de la Iglesia- y hacerlas comunes, colectivas, o repartirlas entre las familias más necesitadas. La ballesta era un arma democrática por excelencia, fácil de hacer y de usar, pero demasiado efectiva por su alto poder de perforación. La «voluntad de Dios» fue comunicada a las clases explotadas en el segundo Concilio de Letrán, en 1139: los explotadores podían seguir tranquilos con sus caprichos, entre ellos el de derecho de pernada, porque las clases explotadas tenían prohibido el derecho a usar ballestas, lo que les volvía inofensivas e inoperantes. ¿De qué sirve, en estas condiciones, el derecho a la resistencia al tirano si se te impone el desarme?

Pero las masas campesinas insurrectas, las naciones oprimidas como la checa y su movimiento husita, los albigenses y cátaros, los anabaptistas y munzerianos, y los príncipes y Estados protestantes, calvinistas y luteranos, estos y otros movimientos complejos y contradictorios entre sí, incluso enemigos a muerte por representar intereses opresores y oprimidos, no respetaron la versión católica de la «voluntad de Dios», sino que crearon sus propios derechos a la rebelión contra la monarquía tiránica y contra Roma, justificados por interpretaciones exclusivas y excluyentes del mismo dogma religioso. Maravillosa dialéctica esta que llegó a plasmarse en el radical «movimiento antiabsolutista» que afirmaba en los siglos XVI y XVII que el absolutismo negaba la libertad humana creada por Dios, por lo que éstos tenían el derecho a la resistencia al  monarca, movimiento que influyó en autores fundamentales como Althusius.

Deberemos esperar a que, coincidiendo en el tiempo pero no en la mentalidad ni en el objetivo social con el padre Mariana, irrumpiera la teoría de Maquiavelo explicando el derecho del pueblo a sublevarse contra el Príncipe cuando este incumpliese las leyes de respeto y buen gobierno. Maquiavelo era demasiado inteligente y crítico, demasiado peligroso para el poder, y fue apartado de la vida pública y torturado. Surgió entonces Bodin para matizar, recortar y acomodar en pleno siglo XVII el derecho de resistencia a los intereses de la monarquía, en un período sangriento al extremos por las guerras hugonotes en el reino de Francia, por ejemplo, sin hablar ya de las «civilizadas atrocidades» europeas en América y en África, Pero aún así Bodin no se atreve a negar el derecho a la rebelión, aunque intenta encorsetarlo y reducirlo a su mínima pero factible posibilidad.

Hemos hablado de Althusius, que murió a comienzos del siglo XVII, que militó políticamente en defensa de los derechos del pueblo calvinista a resistirse a las imposiciones católicas. Pero ni incluso Althusius da plena libertad al pueblo explotado para decidir él mismo cuando y cómo ha de resistirse sino que como todos los pensadores anteriores, intenta mediatizarlo con vericuetos legalistas puestos en manos poderes que deben decidir si se practica ese derecho o no, y cómo se ejerce, hasta qué punto de radicalidad. Naturalmente, las masas europeas explotadas, los pueblos aplastados por el naciente colonialismo europeo, tenían la descortesía de no prestar oídos a Althusius y demás intelectuales. Podríamos extendernos a otros autores como Pufendorf, también de esa época, que si bien admiten y argumentan el derecho a la resistencia al monarca, lo limitan de diversos modos; pero lo decisivo es que, como hemos dicho, las clases explotadas actuaban frecuentemente aplicando su visión empírica de la resistencia como necesidad. Tal fue el caso de la Guerra de los Ochenta Años, de 1568 a 1648, guerra de liberación nacional y de clase burguesa del pueblo holandés contra la ocupación imperial española que aplicaba métodos atroces y brutales. Pero al democracia holandesa, orgullo de la civilización del capital, también se asentó en la represión de sus movimientos radicales, marginándolos y reforzando el orden burgués.

Muy significativamente, fue esta guerra la que marcó el nacimiento del capitalismo, tema en el que ahora no podemos extendernos, cuando Hobbes (1588-1679) se convirtió en el defensor más acérrimo del poder absoluto del soberano, del Estado, negando abiertamente el derecho a la rebelión contra la injusticia y defendiendo la obligación del acatamiento de las leyes por injustas que fueran. Mientras que Hobbes exigía la obediencia ciega, en su Inglaterra la burguesía comenzaba otro largo proceso de revoluciones violentas al negarse a pagar impuestos en 1639 y 1640, degollando nobles y reyes, pero también a miles de católicos  irlandeses, llevando al poder al republicano Cromwell en 1649, que implantó un régimen democrático para la burguesía pero dictatorial para las fuerzas reaccionarias, régimen decisivo para asentar lo que luego sería el imperio británico. Pero ese régimen democrático burgués también y sobre todo fue represor y reaccionario, dictatorial, contra sus bases populares radicalizadas, contra los pequeños campesinos y artesanos libres, contra la empobrecida pequeña burguesía que querían repartir o colectivizar las tierras y los bienes de la nobleza vencida. Cromwell los aplastó, como poco antes lo había hecho la burguesía holandesa revolucionaria con los artesanos y campesino radicales. Las convulsiones sociales continuaron hasta que en 1688-1689, mediante la Gloriosa Revolución, se afianzó definitivamente el poder formado por la alianza entre la burguesía en ascenso y la fracción más lúcida de la nobleza terrateniente.

Durante estos años decisivos en los que nació la civilización del capital, ninguna fuerza progresista siguió los consejos de Hobbes, pero sí los argumentos diferentes de Spinoza (1631-1677) y Locke (1633-1704) sobre el derecho a la resistencia. Spinoza fue bastantes más progresista en el sentido histórico que Locke, y por eso fue expulsado de la cofradía judía al ser acusado de hereje, mientras que Locke teorizó el derecho de la burguesía a defender su propiedad privada contra los abusos y caprichos del monarca. El capitalismo de la época no se enfrentaba aún a una clase trabajadora fuerte y cohesionada, como empezaría a  ocurrir desde finales del siglo XVIII en Inglaterra y sobre todo desde 1830-1848 en el resto de Europa, por lo que todavía dominaba abrumadoramente el derecho burgués a la rebelión contra la monarquía absolutista y tardomedieval.

Pero el derecho burgués a la rebelión contra la tiranía se limitaba a la esfera política, y siempre a la política dominante. Las masas quedaban excluidas, pero a la vez quedaba excluida una parte elemental del derecho a la resistencia, me refiero al derecho a la resistencia intelectual, a la libertad de crítica intelectual. La Inquisición católica era el terrorismo institucionalizado, pero también eran terroristas las versiones luteranas y protestantes del cristianismo.  El caso de Meslier (1664-1729), o cura ateo, es paradigmático ya que no sólo revela cómo y en qué condiciones de clandestinidad debía ejercitarse el derecho a la rebelión intelectual, sino también muestra el colaboracionismo con el poder opresor de lo más florido de la casta intelectual, como el caso de Voltaire (1694-1778)  quién en 1762 laminó el ateísmo materialista de Meslier, amputando su esencia revolucionaria y convirtiéndolo en una simple opinión discordante y algo incómoda, pero nada más. Voltaire, tenido como el summun del librepensamiento, fue en realidad el escribano progre del absolutismo tardofeudal.

Meslier se atrevió a argumentar la irreprochable lógica atea tal como se entendía a Dios en aquel tiempo. Aunque hoy su ateísmo debe ser contextualizado y enriquecido, es innegable que tenía y sigue teniendo razón en el punto crítico que latía en el ateísmo de su época: si Dios no existe ¿de dónde viene la legitimidad del rey? Si Dios es una mentira de los ricos, de los poderosos para engañar a los explotados y exprimirles pacíficamente hasta la última gota de sudor y de aliento, ¿qué otra cosa es la monarquía sino un engaño para beneficiar a los poderosos e idiotizar a los explotados? La carga revolucionaria de este ateísmo es obvia. Hay que partir de aquí para comprender el debate que se mantuvo entre grupos ateos clandestinos y el poder intelectual: Voltaire dijo que «si Dios no existiera habría que inventarlo», a lo que los ateos clandestinos respondieron: «Si Dios existiera habría que ejecutarlo».

En realidad, este ateísmo argumentaba indirectamente la ejecución del monarca simbolizada en la ejecución de Dios. El derecho de rebelión intelectual como anuncio de la rebelión física.  Pero el problema era más profundo y, sobre todo, era directamente político. Fue Diderot (1713-1784) quien puso el dedo en la llaga al afirmar que «el hombre sólo será libre cuando el último rey sea ahorcado con las tripas del último sacerdote». Diderot sabía que la Iglesia era  un poder terrenal decisivo para la supervivencia de la monarquía, pero su crítica no llegaba a las profundidades de la alienación y de la deshumanización unidas a la propiedad burguesa, sino que se quedaba a media distancia, la de las conexiones entre la Iglesia y el rey, por un lado, y la libertad abstracta del ser humano por otro lado.

A pesar de esta limitación, era una denuncia radical en su época que, como hemos dicho, puso el dedo en la llaga: la libertad humana no podría conquistarse sin acabar con la monarquía y con la Iglesia. El derecho a la resistencia se transformaba con Diderot en necesidad de la resistencia, o más concretamente, necesidad del tiranicidio, de la ejecución del tirano en cualquiera de sus formas, fuera rey o sacerdote. Al dar el salto del derecho a la necesidad, Diderot abría la puerta para la posterior llegada del derecho socialista a la rebelión, es decir, de la necesidad de la revolución proletaria como materialización práctica de tal derecho, como luego veremos al estudiar a Engels.

Rousseau (1712-1778) fue el máximo exponente de los años de gloria del derecho burgués en su versión reformista, pero también anunciaba en sus ambigüedades y lagunas los límites sociales e históricos insalvables que contradecían ese derecho y lo enfrentaban cada vez más al auge de la clase obrera que practicaba su específico derecho a la rebelión, un derecho que llegaría a ser socialista. También laten en Rousseau las contradicciones crecientes entre el derecho burgués europeo, eurooccidental, y el derecho a la resistencia no escrito apenas, oral, pero masivo en su aplicación desesperada de los pueblos americanos, africanos y asiáticos. En Rousseau y en muchas de las utopías de la época el «buen salvaje» apenas cuadraba con la realidad de la explotación colonial, pero tampoco con la realidad de la explotación interna entre las naciones que ahora llamados «originarias», y menos con la inhumana práctica de la esclavitud.

4. EXPLENDOR DE LA REVOLUCIÓN BURGUESA ANTIMONÁRQUICA
El punto álgido, supremo, del derecho burgués a la rebelión se produjo en el último tercio del siglo XVIII, con las revoluciones norteamericana y francesa. En la primera, se reconoce explícitamente ese derecho recogido en la declaración de independencia estadounidense en 1776, «la ley natural le enseña a la gente que el pueblo está dotado por el creador de ciertos derechos inalienables y puede alterar o abolir un gobierno que destruya esos derechos». En la segunda, en la francesa, «el fin de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescindibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión», en el artículo 2 de la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano del 26 de agosto de 1789, derecho vuelto a reafirmarse en 1793 con esta otra declaración: «Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo la insurrección es para el pueblo, y para cada porción del pueblo, el más sagrado de sus derechos y el más indispensable de sus deberes». Por falta de tiempo, no voy a citar a los ideólogos franceses y yanquis que alimentaron intelectualmente a ambas revoluciones burguesas.

Eran derechos burgueses que se negaron al pueblo trabajador, a las mujeres y a las naciones oprimidas esclavizadas o no, en cuanto empezaron a exigir con sus acciones su derecho a la justicia, a la libertad, a la no explotación. Tanto en Estados Unidos como en el Estado francés, la burguesía victoriosa no dudó en lanzar sus ejércitos para reprimir a quienes habían sido las verdaderas fuerzas revolucionarias que les habían aupado al poder con sus sacrificios y sus vidas. Del mismo modo, en Gran Bretaña de la misma época, la burguesía que había derrocado reyes y peleado a muerte con el feudalismo católico, no dudó en masacrar al movimiento obrero nacido de la primera industrialización, al que negó todo derecho a la resistencia, e impuso el deber supremo de la obediencia pasiva, del mismo modo en que Cromwell había reprimido al ala revolucionaria del ejército republicano, como hemos visto.

En cuanto la burguesía tomaba el poder político, material, comenzaba a girar a la derecha su poder intelectual, cultural. La revolución en Haití, feroz y larga, de 1791 a 1804, fue un hecho de transcendencia mundial porque además de ser esta isla la primera productora de azúcar también fue la primera revolución antiesclavista e internacionalista por esencia, sin cuya ayuda masiva en armas y dinero al ejército de Bolívar se hubiera retrasado mucho la independencia latinoamericana a la que todavía no le han perdonado su atrevimiento. Por ello los Estados se lanzaron con odio genocida contra esta heroica isla revolucionaria. La revolución haitiana, junto a la francesa, marcó el inicio del giro contrarrevolucionario del pensamiento burgués en todos los aspectos. No voy a extenderme en los ideólogos monárquicos franceses e ingleses de la época, ni tampoco en la segunda oleada de conservadurismo contrarrevolucionario, la que llega a su máxima expresión ideológica en la década de 1840-1850.

Para el tema que tratamos, el de la respuesta social a los abusos caprichosos de la monarquía irresponsable, nos interesa más dejar constancia del giro derechista de la filosofía política alemana en dos de sus grandes teóricos, Kant y Fichte, y de las dificultades de un Hegel que no podía resolver la contradicción que minaba su dialéctica idealista. Es importante detenernos rápidamente en la «escuela alemana» porque buena parte de los argumentos políticos posteriores anclan en sus ambivalencias y tesis. Por ejemplo, Kant (1724-1804) estaba muy cerca de las tesis de Hobbes, rechazando como este el derecho a la resistencia, pero matizando en una crítica suave a Hobbes que el deber de la obediencia al Príncipe no anula todos los derechos del pueblo, sino afirmando que debían existir cauces pacíficos de expresión del pueblo. Fichte (1762-1814) comenzó defendiendo el derecho a la rebelión pero impresionado por la violencia impactante de las revoluciones de finales del siglo XVIII, de las guerras napoleónicas y de otros conflictos, terminó derivando hacia un neoplatonismo que justificaba la necesidad del «gobierno de los mejores» sobre el pueblo llano, y absteniéndose él mismo, Fichte, de dar alternativas concretas al problema de la opresión.

Hegel (1770-1831) vivió y pensó siempre dentro de contradicciones: daba clases a cargo del Estado pero era vigilado por la policía secreta por sus ideas; pensaba la dialéctica como lucha de contrarios, pero la reducía a la lucha interna en la Idea Absoluta; era idealista pero con un poso de materialismo no reconocido; estudiaba el cambio permanente en el mundo entero, pero desde una visión de realización definitiva de la Idea en la cultura alemana, etc. Su visión de la violencia legítima contra la tiranía también es contradictoria porque todo su método dialéctico le lleva a afirmar la inevitabilidad del choque de contrarios, del salto cualitativo mediante la negación de la negación, es decir, mediante la ruptura revolucionaria, pero reduce esta dialéctica a su aspecto idealista, abstracto, formal. Las revoluciones estallan así en la Idea como efecto de las contradicciones del sistema político, pero no estallan en la realidad, o si lo pensó no lo escribió ¿por miedo?

Hegel no vivió la fase de súbita radicalización de las masas trabajadoras entre 1830 y 1848, por lo que no pudo disponer de las nuevas «expresiones del Espíritu» que tumbaron todas las certidumbres burguesas y forzaron a los ideólogos de esta clase a realizar la segunda oleada de filosofía política contrarrevolucionaria, a la que nos hemos referido arriba. Pero es sabido que el pensamiento y la inteligencia humana viven gracias a las contradicciones, alimentándose de ellas y dentro de ellas, de modo que fueron las limitaciones de Hegel, más otros conocimientos sociopolíticos, económicos, históricos, científicos, etc., lo que ayudaron a la aparición del marxismo y del derecho socialista a la rebelión, irreconciliable con el derecho burgués. Antes de que Marx escribiera el demoledor ataque a la monarquía, Buonarroti (1761-1837), Babeuf (1760-1797) y Blanqui (1805-1881), por citar unos pocos, ya practicaban en Europa el derecho a la resistencia desde perspectivas políticas situadas a la izquierda del socialismo utópico. Me limito al marco europeo porque sería alargar en exceso mi intervención si enumerase la impresionante lista de personas buenas, dignas y heroicas que en el mundo entero luchaban contra la injusticia en general y contra el colonialismo occidental en concreto.

5. ACTUALIDAD DE LA CRÍTICA DE ENGELS DE 1845 Y 1884
Tras este repaso sucinto de las reflexiones de la teoría política sobre cómo controlar, frenar o sencillamente enfrentarse a las arbitrariedades del rey, podemos volver al Marx de 1843 y a su devastadora crítica de cualquier monarquía, de la institución en cuanto tal, aunque él se volcase contra la prusiana. La crítica marxista va al corazón del problema, a su esencia que no es otra que la deshumanización inherente a todo régimen monárquico. Y después, sobre esta base, plantea reflexiones políticas. En 1845 Engels escribió su imprescindible investigación sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra, obra en la que no critica en concreto a la monarquía británica pero en la que, por un lado, se afirma que en aquel entonces la lucha por la democracia significaba la lucha por el comunismo y, por otro lado,  está siempre presente el derecho de la clase trabajadora a la resistencia contra la burguesía monárquica. Tras una larga exposición de luchas y experiencias organizativas, afirma: «Estos hechos son prueba suficiente de que en Inglaterra, inclusive en períodos de negocios fluidos como a fines de 1843, la guerra social está declarada y se lleva a cabo abiertamente».

En una monarquía industrializada y con «controles democráticos y parlamentarios» burgueses, el derecho socialista a la resistencia se expresa mediante la «guerra social» declarada y abierta incluso en períodos de expansión económica. Que se trata de una «guerra social» vuelve a quedar patente cuando más adelante Engels analiza la «declaración bélica» de la burguesía contra el proletariado, consistente en el malthusianismo y en la nueva ley de pobres. Ahora existe la moda intelectual de hablar de la «biopolítica» y del «biopoder», pues bien toda la obra de Engels aquí citada es un impresionante compendio teórico de ambas cosas, pero escrito con mucha antelación. Del mismo modo, y para ir concluyendo este apartado, vamos a citar al tardío Engels también sobre el problema de las leyes monárquicas antisocialistas y la prohibición explícita del derecho a la resistencia, o lo que es lo mismo, del derecho a la revolución. Me refiero a la muy actual carta de Engels a Bebel del 18 de noviembre de 1884, en la que el viejo revolucionario rechaza sin contemplaciones la exigencia del Estado prusiano de que los socialistas, y sólo ellos, renuncien al derecho a la revolución, a la rebelión, para ser legalizados.

Así,  en 1843 Marx ataca a la monarquía por su inhumanidad; en 1845 Engels, estudiando la explotación humana en un Estado monárquico afirma que la democracia significa el comunismo y la práctica de la «guerra social», de la resistencia; y por último, en 1884, Engels se opone frontalmente a que se renuncie al derecho a la rebelión para que el partido socialista sea legalizado por un Estado monárquico. Sin mayores análisis ahora descubrimos una nítida línea roja que une 1843 y 1884 que se enfrenta en lo elemental a la crítica burguesa: el derecho socialista a deponer al rey, derecho que en determinado momento se transforma en necesidad por la dialéctica de la lucha de clases. Aquí está la esencia de la crítica marxista a toda monarquía: hay que acabar con ella para afirmar prácticamente la humanidad humana.

La diferencia cualitativa entre el derecho burgués a la resistencia al tirano, el que fuera, y el derecho socialista a la revolución radica en que el socialismo pone en el centro del problema la cuestión de la propiedad privada de las fuerzas productivas, siendo la tiranía, el rey, la opresión, la Iglesia, meros efectos de las contradicciones sociales desatadas por la propiedad burguesa. En 1843 Marx no había descubierto aún la teoría de la plusvalía, la ley del valor-trabajo, etcétera, y no había desarrollado la crítica del fetichismo de la mercancía, pero la insistencia en la deshumanización inherente a la monarquía y/o al Estado, que viene a ser lo mismo en ese contexto, se mantendrá como elementos constante en todo el marxismo.

La propiedad burguesa, en su desenvolvimiento social, impone la deshumanización, la alienación, la fetichización, la cosificación. Todas ellas, sin extendernos ahora en el tema, son características de la mentalidad monárquica dentro del capitalismo. Del mismo modo que el patriarcado precapitalista tuvo que transformarse en sistema patriarco-burgués para servir con eficacia al capital, como antes se había transformado para servir al feudalismo y al esclavismo y en parte al modo tributario, del mismo modo la monarquía fue transformada al sistema capitalista primero en la revolución holandesa y después en la revolución inglesa tras la muerte de Cromwell y sobre todo desde 1688-1689.

Aunque es innegable que la monarquía capitalista mantiene rituales, ceremonias y pompas idénticas en la parafernalia suntuosa y ostentosa a las que se realizaban en los imperios persa, chino, etc., con sus actos de sumisión y acatamiento al poder real, siendo esto así, sin embargo la monarquía capitalista se diferencia cualitativamente de todas las anteriores en que ahora la propiedad privada, la burguesa, está en sí, legalmente, fuera de la propiedad real, de la Casa Real, de modo que el rey, por muy poderoso que fuere, no puede apropiarse a su antojo, capricho y libre arbitrio o cumplimiento trámites muy simples, de las propiedades de otros burgueses. 

Una vez que se impone la propiedad burguesa, el problema del derecho a la rebelión contra la tinaría monárquica sufre un cambio cualitativo porque la monarquía pasa de ser el problema crucial a superar, como sucedía en el feudalismo, a ser una simple cuestión de eficacia gubernativa, es decir, de eficacia para la explotación asalariada. Si la forma-monarquía deja de ser efectiva para el capital, la burguesía impone la forma-república, y si, por lo que fuese, ésta se vuelve en un freno, la burguesía puede optar por cualquier forma de bonapartismo, militarismo, nazifascismo o incluso por volver a la forma-monarquía pero bajo nuevas exigencias. Si en el feudalismo la caída de la monarquía era el inicio de la caída del feudalismo, más o menos bruscamente, en el capitalismo la caída de un reyezuelo bribón y corrupto puede ser necesaria para recuperar la tasa de beneficio.

Bajo la dictadura del sistema salarial el derecho a la rebelión burguesa pierde toda su razón de ser, manteniéndose en todo caso ese derecho burgués como derecho a intervenir con la violencia más terrorista imaginable contra las clases y los pueblos que quieren acabar con el capitalismo, o que, sin quererlo conscientemente, frenan u obstaculizan de manera importante la expansión imperialista al negarse a claudicar a sus exigencias. Por esto es conveniente releer siempre la carta de Engels a Bebel del 18 de noviembre de 1884 ya que en ella, y a parte de otras consideraciones, se afirma el derecho/necesidad socialista a la revolución como derecho inalienable. Mientras que Diderot defendía la necesidad de ejecutar al monarca, Engels defiende la necesidad de la revolución socialista. Por tanto, acabar con la monarquía es un paso para acabar con la propiedad privada, para avanzar hacia la socialización de las fuerzas productivas como exigencia objetiva para la extinción histórica simultánea de las clases sociales, de la explotación asalariada, del patriarcado y de la opresión nacional. Obviamente, en este proceso los reyes y reinas habrán pasado al basurero de la historia y al museo de los horrores e ignominias.

6. EL REPUBLICANISMO DE LA CULTURA POPULAR VASCA
Hemos visto el antagonismo irreconciliable que existe entre democracia y monarquía en general, y lo hemos visto mediante un muy breve seguimiento de la historia de las luchas antimonárquicas burguesas y seguidamente de las luchas socialistas y comunistas. En realidad, la crítica a la monarquía que hago desde mi independentismo comunista vasco se mueve dentro de este parámetro, pero aplicado a mis condiciones de existencia. Por un lado, como ser humano libre, como parte del ser-humano-genérico, soy natural y socialmente antimonárquico, republicano, y por otra parte, en el mismo acto soy comunista vasco que lucho por la independencia socialista de Euskal Herria, y por tanto por una República Socialista Vasca. Consiguientemente mi crítica de toda monarquía, la que fuera, se materializa tanto en la crítica del Estado español como, positivamente, en la lucha por la República vasca. Seguiré este esquema en lo que resta de exposición.

Hay que empezar diciendo que la institución monárquica, cualquiera, nunca ha compaginado bien con las formas sociopolíticas vascas y con nuestra cultura popular. Sin extendernos ahora en una exposición de la historia política vasca, es un hecho que las instituciones de poder en Euskal Herria se han movido siempre en un complejo e inestable equilibrio entre una tendencia autoorganizativa local, y una tendencia centralizadora a escala media, lo cual no anula en modo alguno la existencia de la explotación de clases y patriarcal, la existencia de poderes opresores que no dudaban en reprimir a un pueblo explotado que tampoco se dejaba oprimir. Sin embargo, las tendencias a la excesiva centralización del poder en pocas manos y a su absolutización monárquica tradicional siempre chocaron en Euskal Herria con una resistencia tenaz por parte del pueblo trabajador y con resistencias más o menos duras, según los casos e intereses, por parte de las sucesivas clases dominantes autóctonas. Basta comparar la historia sociopolítica vasca con la de los Estados español y francés para confirmarlo.

El ejemplo de las denominadas guerras carlistas por la historiografía española es concluyente. Para las masas explotadas vascas, campesinas, artesanas, pescadoras, trabajadoras urbanas, para la empobrecida pequeña nobleza rural y la casta sacerdotal de base, para sectores amplios de la pequeña burguesía e incluso de la mediana burguesía, la defensa del carlismo era casi exclusivamente la defensa de los Fueros Vascos, símbolo y práctica de las leyes y usos propios del País, antes que la defensa de una parte de la monarquía de un Estado mayoritariamente visto como extranjero, la menos centralizadora y españolizadora. La larga y desesperada resistencia armada popular, su masividad, se explica por la defensa de unos Fueros que protegían mal que bien las decisivas propiedades comunales y otros usos y costumbres -hoy llamados «derechos sociales»-  que asumían como propios del país.

Insisto en que esta realidad no anulaba ni negaba la existencia cierta de la lucha de clases interna a Euskal Herria, que es una hecho incuestionable del que ya hay datos inequívocos desde el siglo XII, e incluso desde antes. Pero confirma que nuestra nación fue desde el siglo XVI, como mínimo, coincidiendo con el fortalecimiento de la burguesía comercial e industrial del hierro, un marco autónomo de lucha de clases, especificidad que se fue reforzando conforme el capitalismo avanzaba de su fase comercial y colonial a su fase imperialista, hasta llegar al presente, en donde es ya una realidad obvia. La lucha de clases vasca empezó a dar un salto cualitativo en lo que concierne al profundo rechazo popular a todo rey o reina,  conforme las monarquías absolutistas francesa y española intervenían con sus ejércitos en defensa del bloque de clases dominante autóctono desde el siglo XVI en adelante, con la invasión del Estado vasco de Nafarroa, en primer y decisivo lugar.

Desde entonces y de manera ascendente hasta finales del siglo XVIII, la monarquía iba siendo identificada por el pueblo vasco cada vez más como un enemigo invasor en vez que como un simple Señor que se había comprometido a acatar los Fueros, leyes y costumbres del país. Fue desde finales del siglo XIX en la parte de Euskal Herria bajo dominación española cuando la monarquía intervino de manera brutal y aplastante en apoyo de la burguesía industrial en ascenso, en contra del pueblo trabajador vasco. A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX la sensación popular sobre el papel represor de la monarquía y del Estado liberal español, sobre el retroceso de las libertades y de los derechos sociales, culturales, lingüísticos, etc., en contraste con la tradición democrática del país era tan masiva que lo tuvieron que reconocer autores como Max Weber, además de un PSOE que no dudó en ensalzar las virtudes democráticas del himno vasco prohibido, el Gernikako Arbola, himno de 1853 que defendía los valores de los Fueros y la identidad nacional vasca y cuyo autor, Iparragirre, tuvo que exiliarse.

Una especie de «triple alianza» formada por la monarquía, el ejército y la burguesía vasca actuó al unísono para consolidar el Estado español y para aplastar los derechos nacionales vascos, defendidos desde entonces y cada vez más por las clases trabajadoras, muy especialmente desde la década de 1920-1930 en adelante. Es larga la lista de intervenciones sociopolíticas directas del ejército y de la monarquía en defensa de la burguesía industrial vasca para reprimir el ascenso de las luchas obreras y populares, el ascenso del nacionalismo y del independentismo, y sobre todo para abortar la fusión de la lucha independentista con la lucha socialista y comunista, que comenzó a insinuarse en la década de 1920, creció entre 1931 y 1937 y dio un salto cualitativo e irreversible entre 1959 y 1967. 

La monarquía reinstaurada por el dictador Franco y aceptada por el grueso de la «oposición de su Majestad», muy especialmente por el PCE y restantes «izquierdas» que aprobaron la Constitución de 1978, fue la legitimadora del terrorismo de Estado contra el pueblo vasco que el PSOE masificó desde su llegada al gobierno. La importancia de la monarquía para el bloque de clases dominante en el Estado español al poco de la muerte del dictador Franco fue creciendo en la medida en que necesitaban una nueva legitimidad. La industria político-mediática se lanzó a lavar la imagen del rey franquista, sobre todo después del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Posteriormente, la prensa se ha esforzado hasta lo indecible por acallar todos los rumores y comentarios sobre múltiples aspectos de la monarquía.

7. DERROTA ESTRATÉGICA DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA
En lo que concierne a Euskal Herria, hay que decir que esta institución fue decisiva en el intento de dar una cobertura «democrática» a la ofensiva general contra nuestros derechos nacionales. Ya desde el mismo «fracaso» del golpe de Estado de 1981, el rey fue la pieza clave para la imposición de la LOAPA, un duro y rápido programa de recentralización, parando en seco la tímida descentralización autonómica anterior. Con la llegada del PSOE al gobierno se redoblaron los esfuerzos por limpiar a la monarquía de toda duda y sospecha sobre sus implicaciones en el golpe de Estado, a la vez que se silenciaban sin pudor hasta la más mínima información que no favoreciera a la Casa Real. El gobierno del PSOE tenía en el rey la figura publicitaria por antonomasia para legitimar el terrorismo de Estado y la aplicación del Plan ZEN, así como la implacable estrategia de desindustrialización del tejido económico vasco que se ocultaba debajo de la «reconversión industrial». Además, estas y otras medidas se vieron reforzadas por la política de facilitar la rendición de un sector de ETA p-m y su integración en el sistema, debilitando transitoriamente a la izquierda abertzale.

La imagen pública y oficial del «rey demócrata», «chistoso y bonachón», «campechano», imagen mimada y cuidada segundo a segundo por la industria político-mediática, por los poderes del Estado y hasta por la Iglesia, nunca fue aceptaba en Euskal Herria, pese a los esfuerzos directos o indirectos del bloque constitucionalista, del bloque que aceptó la Constitución monárquica y la defendió como una única «garantía de las libertad». Al contrario, ya en 1981 los junteros de Herri Batasuna protestaron a voz en grito cantando el Eusko Gudariak Gara, himno al soldado vasco, delante del rey español en un acto en la Sala de Juntas de Gernika; desde entonces, una y otra vez, la izquierda abertzale ha mostrado su oposición frontal a la monarquía española con una coherencia admirable y sin parangón en las izquierdas del Estado español.

La izquierda abertzale ha hecho una verdadera pedagogía democrática y republicana que ha anulado cualquier intento de anclaje en el imaginario popular vasco del principio monárquico, actualizando en el capitalismo de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI la larga tradición antimonárquica inserta en la cultura popular vasca. Además, el desprestigio de esta institución se acelera entre los pueblos y clases explotadas del Estado español no sólo por lo irracional que es en sí la monarquía, sino también por las corrupciones que le acompañan. De cualquier modo, el problema no está resuelto porque debemos ser conscientes del papel que la monarquía juega en estos momentos de crisis estructural del Estado español.

En efecto, en la vital carrera por la productividad del trabajo a escala mundial, el capitalismo español va perdiendo posición lenta pero irremisiblemente, va quedando rezagado, es superado por burguesías que sí cuidan las inversiones necesarias para aumentar su productividad. Como marxistas sabemos que, a la larga, la ley de la productividad del trabajo es la que rige el futuro de los Estados y de las naciones. Producir más y mejor con menos tiempo de trabajo es el secreto del beneficio burgués. Pero el bloque de clases dominante en el Estado español, excepto fracciones burguesas vascas y catalanas, apenas se ha preocupado por sistematizar políticas globales destinadas a aumentar la competitividad productiva. Se han volcado más en el látigo que en la zanahoria, más en la plusvalía absoluta impuesta por la represión que en la plusvalía relativa sostenida por el consenso alienador.

El desprecio de la cultura dominante española por la técnica y la ciencia, es muy antiguo, pero con el capitalismo llegó a su máxima expresión. En 1909 Unamuno, crítico mordaz, dijo aquello de: «¡Que inventen ellos!», refiriéndose a la dejadez e indiferencia española por el conocimiento. La intelectualidad española, que ya arrastraba el trauma de 1898, buscaba alternativas a la decadencia del Estado y fue Ortega y Gasset el que en 1914 expresó en una sola frase lo que sería luego el sueño incluso del franquismo desde la década de 1960 «¡España es el problema, Europa es la solución!». La caída de la monarquía y la instauración de la II República en 1931 no resolvieron el problema de fondo. Maeztu dijo en 1934: «Me duele España», mostrando cómo el bloque de clases dominante somatizaba el desastre en vez de buscar alternativas.

Desde la primera crisis seria de la dictadura autárquica franquista, al calor del turismo la burguesía optó definitivamente por el capital financiero-inmobiliario desligándose poco a poco del industrial; luego, también optó por el capital servicios que por el industrial, ya en retroceso. La «reconversión industrial» aceleró la financiarización económica y su progresiva e imparable dependencia del capitalismo exterior. La mal llamada «década milagrosa», de 1997 a 2007 fue un frenesí de egoísmo miope, de ceguera consumista, de desprecio por la inversión en I+D+i. Este supuesto «milagro» también se basó en la entrada de capitales extranjeros; en la entrada de dinero negro del narcocapitalismo y de mafias internacionales; en la corrupción administrativa, política y cultural inherente al clientelismo social español; en la economía sumergida y en el fraude fiscal masivo; en el «dinero de plástico», barato y fácil de pedir a la banca, interesadamente dadivosa; y en la pasividad del movimiento obrero desmoralizado y destrozado por el giro al reformismo descarado y corrupto de la «oposición de Su Majestad», una ex izquierda que alegremente había creado la nueva doctrina del «marxismo-ladrillismo».

La catástrofe de 2007 en adelante cogió desprevenida a la burguesía y a sus peones. Uno a uno fueron desplomándose con desconcertante rapidez todas las euforias superficiales y pueriles de hacía solamente unos pocos años. La crisis era y es incluso cualitativamente más grave que la de 1898, la de 1929-1936, la de 1959, la de 1975, etcétera. La crisis es tan grave que hasta el sector burgués que poco antes jugueteaba con la idea de cambiar la monarquía por una III República autoritaria, neoconservadora y españolizada a tope, ha dejado ese proyecto en el cajón, por ahora, y ha salido en defensa de una Casa Real agujereada en sus muros y podrida en sus raíces. Hay que hacer piña, mientras en Catalunya y en Euskal Herria, las ansias soberanistas e independentistas avanzan con respectivos proyectos republicanos. Hay que hacer piña, y la monarquía vuelve a aparecer como el centro salvador, por ahora. Pero ya no es el único, como en 1978, sino que ahora la gravedad de la crisis es tal, que el sector dominante en la gran burguesía española lo ha dicho abiertamente por boca del banquero Botín: «El euro y la integración de Europa no tienen vuelta atrás».

El rey, en este contexto, es y será la figura central que como el eje de la rueda, cohesione todos los radios, manteniendo la ficción de la «soberanía nacional española», que desapareció definitivamente en 2010-2011 con la aceptación incondicional de las exigencias de la Unión Europea y de Estados Unidos. Por eso, la monarquía será durante un tiempo el punto de bóveda en el que confluyan los diversos intereses fraccionales de la burguesía y simbolice el nacionalismo imperialista español, progresivamente enfurecido y fanatizado en contrapartida a la pérdida de soberanía efectiva. Pero esta función no anula el hecho de que la monarquía ha sufrido una derrota estratégica irrecuperable: además de la corrupción y del gasto injustificable que supone mantenerla, la monarquía es ya lógicamente insostenible para cualquiera que argumente con una racionalidad objetiva. Pero lo decisivo radica en que ha fracasado en la función política que se le asignó con respecto a Euskal Herria.

(*) Revolucionario e intelectual vasco

Publicado en Euskal Herria

domingo, 20 de noviembre de 2011

Origen y recorrido del movimiento 15M español / Armando Fernández Steinko *

El ciclo de protesta que comenzó en España en la primavera de 2011 ha pasado la prueba del verano irrumpiendo con fuerza en las manifestaciones de otoño. .¿Qué es exactamente el llamado movimiento 15M1? ¿Cuál es su futuro? No es tan fácil responder a estas preguntas. En primer lugar no es uniforme y en ningún caso se debe extrapolar su realidad en Madrid o Barcelona al conjunto de las ciudades españolas.
El“precariado” (Robert Castel) existe en muchos países europeos desde hace décadas sin que se haya producido un fenómeno similar en ninguno de ellos. El desempleo sí es mucho más elevado en España que en otros países de la OCDE pero esto no ha convertido a los desempleados en los principales protagonistas del movimiento. El deseo de otra forma de participación política y el desprestigio de los partidos mayoritarios entre sectores amplios de la población urbana tampoco es una novedad. Los Foros Sociales Europeos estuvieron fuertemente marcados por una crítica de las formas delegadas de participación política. Todos estos síntomas se observan en muchos países occidentales donde se han dado numerosos ciclos de protesta, pero hay algo propio en el movimiento 15-M español.
La mejor forma de contestar a esta pregunta es combinando dos niveles de análisis: (1) el de las tendencias profundas que se vienen acumulando desde hace años en España y que han venido configurando nuevos sujetos políticos y (2) las coyunturas político-económicas que prendieron la mecha de la protesta. Les añadiremos una tercera parte en la que describiremos el estado del movimiento en la actualidad (noviembre de 2011) aventurando algunas hipótesis sobre su futuro. Las estructuras no se transforman directamente en acciones sino sólo algunos de sus signos o manifestaciones externas. La propia acción se deriva de la interpretación subjetiva de dichos signos o señales que a su vez depende:
1 El concepto de “indignados”, acuñado por Stéphane Hessel y difundido por los medios de comunicación españoles, no es el que ha dado nombre al movimiento desde el principio. Predomina el uso de los términos de “Movimiento 15-M” o de movimiento de “Democracia Real Ya”. Con el paso de los meses, la diversificación del movimiento y el aumento de la influencia de los medios de comunicación, se observa, sin embargo, cierta consolidación del uso del término “indignados” de valores, representaciones y “universos de significados” (Pierre Bourdieu). Todo esto obliga a completar el análisis de las estructuras con el de los valores y las actitudes de los actores. Para el desarrollo del primer punto nos basamos preferentemente en trabajos propios publicados en los últimos años y en una sociología política del país aparecida recientemente.
En estos trabajos apuntamos la acumulación de contradicciones de fondo que ha resultado decisivas para el surgimiento la ola de protestas en España. Para el segundo nos basaremos en nuestra experiencia como testigo directo así como en los hechos mismos reconstruibles a partir de la prensa diaria. Para la tercera parte nos basamos en una pequeña encuesta realizada entre actores directos del movimiento repartidos en varios territorios del Estado así como en algunos datos aportados por Cuesta et al (2011).
1. El surgimiento de nuevos actores políticos La democracia española, que se inicia con la Constitución de 1978, nace de una ruptura político-institucional con el régimen anterior pero también de una continuidad notable en lo que se refiere al orden económico y empresarial. La constitución sanciona el derecho universal a la educación y pone en marcha un sistema fiscal más o menos progresivo para financiarla. Sin embargo hace un rodeo alrededor del orden económico y sobre todo empresarial que deja completamente intactos.


La transición refleja el pacto que firman los socialliberales españoles - literalmente empujados al poder por la socialdemocracia alemana- con los tardofranquistas sobre la base de un programa que impide toda intervención pública en la esfera de las empresas privadas (3). Las empresas privadas heredadas del franquismo son organizaciones jerárquicas, tienen estilos de dirección autocráticos y una notable ausencia de actividades formativas para sus empleados. Las crisis de los años 1980, 1990 y 2007, en las que el desempleo subió por encima del 20%, han demostrado su incapacidad de crear trabajo suficiente para la población.


Pero la falta crónica de trabajo hace imposible la financiación sostenible del Estado del bienestar, lo cual bloquea de facto la posibilidad de cumplir el programa de los grandes pactos de la transición política. Sólo las administraciones y las empresas públicas, hoy privatizadas, crearon trabajo de calidad en los años ochenta y noventa. El boom inmobiliario y el turismo de masas, basados en tareas poco creativas, reforzaron el modelo postfranquista debido a su particular capacidad de generar empleo.


Las afiladas tijeras de la “sobre”cualificación
Uno de los resultados trascendentales de estas políticas fue el rápido aumento de los egresados universitarios que se produce en paralelo al estancamiento relativo de las “ocupaciones-cabeza” en las empresas privadas españolas. Esta tijera entre lo que el 18% de la población ocupada -sobre todo femenina- sabe hacer y la oferta de sólo un 5% de ocupaciones realmente cualificadas, empezó a acumular desde los años 1990 una insatisfacción latente entre sectores inicialmente beneficiados del Estado del Bienestar (4).


Esta insatisfacción irrumpió puntual- e inesperadamente con las movilizaciones contra el modo que tuvo el gobierno del Partido Popular de gestionar el desastre ecológico del Prestige (2002) y con las movilizaciones contra la participación del gobierno de Aznar en la guerra de Irak (5) . Produjo una forma particular de precariado llamado “mileuristas”: una población activa muy cualificada -y cada vez más feminizada- que, o bien no puede aplicar sus cualificaciones en el trabajo, o bien, aplicándolas, gana un sueldo que está muy por debajo de su competencia y de su productividad.


A la falta de trabajo y a la temporalidad del conjunto de la población activa se suma este colectivo nacido de una contradicción política de fondo que late desde los momentos fundacionales de la nueva democracia española. Sus conocimientos les permiten conquistar una autonomía personal pero el blindaje (neo)liberal de la nueva democracia genera una situación en les impide emanciparse de hecho, bloquea la conquista de una autonomía real. La cultura juvenil y las drogas -legales e ilegales evocan una autonomía que en realidad no existe aunque sí produjeron una innovación en el ocio juvenil: el botellón.


El botellón es un antecedente de la ocupación de plazas. Consiste en comprar alcohol barato y consumirlo en una plaza pública que se convierte así en lugar de socialización juvenil. La falta de un espacio propio, el desempleo y la temporalidad que reducen los ingresos de los jóvenes pero también les permiten trasnochar, ha generalizado este fenómeno exportándolo a otros países europeos (6). El grueso de la oposición juvenil a la guerra de Irak se fraguo en los círculos del botellón de las grandes ciudades: los hijos y las hijas de profesionales urbanos con estudios o en vías de terminarlos y padres ya politizados en la transición.
Esta tensión entre autonomía potencial y autonomía real son decisivos para entender el 15-M. La composición social de sus actores es compleja y dependientes de la zona del país, pero en general dominan los jóvenes entre 19 y 30 años con formación universitaria o en vías de adquirirla, domina la distribución paritaria entre hombres y mujeres con una conciencia política bien definida que, sin embargo, no les lleva a votar (7). Son los hijos de los profesionales urbanos y periurbanos aunque no sólo.


En este grupo de insatisfechos hay que incluir también los hijos de las clases populares beneficiados por el ascensor social propulsado por la cualificación, un ascensor que se quedó parado a medio camino sobre todo para este segmento esforzado y meritocrático de la población. Una de las cosas más llamativas de todo lo que viene sucedido en las plazas españolas es la presencia de personas altamente cualificadas: abogados, médicos, economistas, licenciados -o en vías de serlo-.


Destaca como novedad el protagonismo de las mujeres que han adoptado un papel de catalizador organizativo y de mediadoras entre opiniones discordantes. Muchas se ofrecen voluntarias para moderar las asambleas y lo hacen con gran competencia haciendo cumplir turnos de palabra, desautorizando a aquellos con tendencia a hacer largos discursos poco operativos. Esta elevada competencia profesional ha elevado desde el principio la capacidad de respuesta y la madurez de las asambleas.


El elevado nivel de las comisiones jurídicas creadas en las asambleas, por ejemplo, permitieron colocar a la defensiva a los agentes de la policía encargados de desalojar las plazas en Madrid, Valencia y Barcelona. En Valencia permitió impugnar judicialmente con éxito muchas decisiones de las autoridades destinadas a debilitar al movimiento y a dar seguridad -también jurídica- a muchos participantes poco experimentados en los enfrentamientos con la policía.
También el elevado nivel de instrucción permitió mantener una asistencia continuada de varias cientos de personas a la asamblea de economía organizada en el parque del Retiro de Madrid, personas que iban a aprender y también a debatir sobre las políticas económicas neoliberales. Todas ellas traían un elevado bagaje formativo. También el “servicio médico” funcionó con eficiencia a los calurosos meses del verano.


Por tanto: el 15-M es en primer lugar un espacio en el que una masa ingente de cualificaciones acumuladas tras los pactos políticos de la transición pero despreciadas por los mercados de trabajo encuentran una forma de hacerse al socialmente útiles. La capacidad de solucionar en poco tiempo problemas técnicos, organizativos, de poner en marcha comisiones y foros de discusión sería impensable sin esa masa de capacidades puestas a disposición del movimiento.


Nueva fuerza productiva, nuevos sujetos
Las Tecnologías de la Infomación y la Comunicación (TIC), una fuerza productiva que ha trastocado la dimensión temporal y espacial en la que viven y trabajan cada vez más personas en España, tienen un protagonismo central en estas experiencias. Aquella generación de jóvenes, que viven con los padres hasta edades avanzadas, que se instala en lo inmediato de un trabajo ocasional, acepta la sobreexplotación para al menos acumular un remanente económico que luego puede destinar al ocio o a poner en marcha una inversión inmobiliaria, que ha minimizado el conflicto generacional y se desentiende de cualquier forma de organización, han colocado el ordenador en el centro de su actividad comunicativa: son “nativos digitales” (Prenski). Muchos, profesionales ocasionales del sector de la Nueva Economía trabajan a desde su casa programando, diseñando páginas, despejando colapsos informáticos o dando clases por ordenador mientras su madre les hace la comida.


Otros no tienen una dedicación profesional vinculada a la informática pero son asiduos navegadores y comunicadores por Internet. Reúnen el perfil del hacker que moviliza su subjetividad y maximiza su esfuerzo para alcanzar metas sin recompensa económica ninguna y sin límite de tiempo. Por un lado el ordenador es una tecnología individualizante y flexible que encaja en las experiencias laborales efímeras o espacialmente distantes de muchos jóvenes precarios. Esto debilita los vínculos personales que producen las relaciones laborales más estables y aleja a sus usuarios de las formas de participación política y sindical nacidos de estos entornos. Lo único estable en estos espacios es la familia, todo lo demás, incluidas las relaciones sentimentales, es fugaz o intermintente. No hay jefes, no hay hora de comienzo y de final para trabajar, existe una fuerte autonomía en el trabajo aún cuando esta conduzca frecuentemente a la autoexplotación (8).
Por otro lado los ordenadores son una ventana abierta a un infinito anónimo y ubicuo que contrarresta el aislamiento creado una socialización virtual en la que los valores progresistas y solidarios tienen cabida, como hemos podido comprobar incluso en los años álgidos de la burbujo punto com, aunque siempre insertados en otros individualistas de fondo: no hay sólo individualismo, aunque este abunde sin lugar a dudas. Sobre todo hay individualización, una cultura de lo propio y lo segmentado que poco tiene que ver con los valores que se adquieren en los entornos laborales y políticos tradicionales (9).

El perfil personal de una de las iniciadoras del espacio web llamado “Democracia Real Ya” que hizo la convocatoria de la manifestación de la que surgió luego el 15-M es muy revelador en este sentido. Mujer, mayor de 30 años, con un doctorado en filología y sin hijos, trabaja en régimen de mileruista desde su minúsculo apartamento del centro de Madrid -en el que vive sola- dando clases por internet de español para extranjeros (e-learning) a profesores de todo el mundo vinculados al Instituto Cervantes.

Las nuevas tecnologías son su herramienta de trabajo natural y llegó a “gestionar” 350.000 participantes de facebook vinculados al 15-M y distribuidos por todo el mundo. Consiguió reunir físicamente en Madrid a casi cien representantes de asambleas locales del todo el Estado, pero la experiencia resultó excesivamente estresante para ella y tuvo que retirarse del movimiento a un segundo plano para poder conservar su integridad anímica.

Estos datos son relevantes para entender las nuevas formas de cooperación y participación política asociada a las nuevas tecnologías, su difícil encaje en las organizaciones que requieren de una presencia física y en los espacios más tradicionales de la izquierda. Sólo el 35% de los participantes en las asambleas de Salamanca dijeron haber sido convocados por un amigo, el resto lo hizo por medios digitales. Llama la atención la calidad y la inventiva de muchas de las páginas web e íconos diseñados por los participantes anónimos, la rapidez con la que son puestos en funcionamiento, alimentados y conectados entre sí (10). 

La centralidad de las TIC también explica la capilaridad del movimiento, su extensión territorial hacia zonas muy poco activas políticamente: espacios rurales o semirurales dominados por el abstencionismo y la derecha. Las asambleas formadas en las plazas y en los barrios permitió darle una ubicación física al movimiento, pero los espacios virtuales de las páginas web, de las columnas del facebook y de las direcciones electrónicas de los participantes son sus espacios más estables, a veces los únicos que pueden ser llamados así, puesto que el resto es una simple posibilidad, no siempre realizada, de volverse a reunir. En esta desmaterialización de los espacios de acción política generados por las nuevas fuerzas productivas radica uno de los fuertes, pero también uno de los puntos más vulnerables del movimiento del 15-M español.

2. Las cerillas que prendieron la mecha del Tea Party antineoliberal Para que estos y otros condicionamientos estructurales se transformaran en acciones tuvieron que pasas algunas cosas de signo más coyuntural. Hay dos factores que me parecen decisivos: la escalada de corrupción urbanística y el viaje de Zapatero a Londres en mayo de 2010.

Prendieron la llama de una especie de Tea Party antineoliberal que recorrió en poco tiempo a todo el país. El abstencionismo electoral juvenil, que refleja una desafección hacia el sistema político-institucional, no es una cosa nueva en España. Ya era más elevado que la media incluso en los años de máxima politización de la población española a principios de los años 1980. Esta situación se ha vuelto a repetir aunque también a radicalizar en 2011: solamente el 56% de los entrevistados de las asambleas de la ciudad de Salamanca votaron en las últimas elecciones, casi el 80% de los cuales lo hicieron a un partido no mayoritario (11). 

Según un estudio de Metroscopia realizado en 2010 los ciudadanos colocaban a los sindicatos y a los partidos en los puestos 26 y 27 de un total de 28 (la institución menos valorada eran las multinacionales), un dato muy celebrado por los círculos neoliberales (12). El acceso intermitente de los jóvenes del mercado de trabajo, junto a las nuevas fuerzas productivas como hemos visto, genera distancia y desinterés por los espacios institucionales estables y por el sistema político-institucional en particular al tiempo que debilita la cultura sindical. Pero tampoco esto es nuevo en España. ¿Qué es entonces lo nuevo?.
Lo nuevo es la extensión de esta desafección a sectores más amplios de la población: a los que tenían un trabajo y lo han perdido, a los profesionales con un trabajo relativamente estable que vienen de la cultura política del antifranquismo, que han constuido las nuevas instituciones democráticas y que hoy son padres de hijos mileuristas. Lo nuevo es la extensión de la crítica del turnismo parlamentario también a aquellos que consiguieron comprar un piso en los tiempos del boom y ahora están amenazados por los desahucios, su extensión a algunos hijos de los trabajadores agrícolas y de la pequeña burguesía urbana educados en una cultura de la meritocracia que tiene que ver cada vez menos con la realidad. Para explicar esta nueva ola de deslegitimación del sistema político-parlamentario a lo largo de los últimos años son fundamentales dos aspectos: el fenómeno de la corrupción municipal y los acontecimientos de mayo de 2010.

Corrupción urbanística y erosión del sistema político
El capitalismo (popular) inmobiliario ha permitido conservar, mal que bien, el Estado del bienestar en la era neoliberal es decir: a.) sin tener que redistribuir la riqueza, b.) sin tener que crear empleos con una mínima calidad y c.) sin tener que recurrir masivamente al endeudamiento público. Descartada la posibilidad de recurrir a los impuestos y al trabajo para mantenerlo, fue la liberalización del suelo y el incremento del valor de los bienes inmuebles lo que le permitió a los ayuntamientos hacer frente a la financiación de los servicios públicos que deben prestar por mandato constitucional. Estos empezaron a recurrir masivamente a la recalificación de terrenos para financiarse con los impuestos de las plusvalías y del trabajo local creado con la construcción (13). Las recalificaciones son actos administrativos fuertemente condicionados por las coyunturas personales y las mayorías políticas locales y forman un caldo de cultivo criminonégnico muy vulnerable a la corrupción llamada “urbanística”. No pocos concejales y alcaldes aprovecharon la coyuntura para lucrarse personalmente (14). 

Sin embargo no deja se ser una situación creada por el Partido Popular -y luego utilizado por el PSOE- para financiar el Estado del bienestar en clave neoliberal de forma que, hasta el estallido de la crisis hubo muchos que prefirieron mirar a otro lado cada vez que aparecía un concejal o alcalde corrupto en la prensa: a cambio había parques, piscinas y ambulatorios. Las clases populares vivían la borrachera del ladrillo que permitió a muchos asalariados en paro convertirse en pequeños empresarios de éxito y firmes votantes del Partido Popular. Sus hijos se incorporaron al sector para realizar trabajos poco cualificados pero muy bien pagados catapultando la tasa de abandono escolar a los índices más altos de toda la Unión Europea (15).

El pinchazo de la burbuja cambió las cosas de raíz. La tradicional desafección que se ha dado en muchos espacios rurales o semirrurales conservadores hacia la “política”, hacia esa “clase política” que han aparecido hace muy poco tiempo en sus tranquilas vidas, se unió ahora a las viejas manifestaciones de desafección propias de los entornos urbanos.

De hecho, la razón de ser más importante del 15-M para sus participantes es la lucha contra la corrupción (16). Esa confluencia explica los índices de apoyo popular al 15-M que en junio de 2011 estaban próximos al 80% de toda la población y que el eslogan más repetido por el movimiento fuera el de “no nos representan”.

Sin embargo esta asombrosa unanimidad no debería ser interpretada apresuradamente como una repentina ampliación del número de ciudadanos que reclama formas más auténticas de participación política (17). Esconde universos políticos y sociológicos distintos entre sí y políticamente mucho más inoperativos de lo que parece. Esto se refleja, por ejemplo, en una desconcertante contradicción entre el elevado apoyo electoral al Partido Popular y el apoyo mayoritario de la población a las reivindicaciones del 15-M. La popularidad del “no nos representan” no es un apoyo claro e igual de masivo a formas de representación política más directas de inspiración progresista (asambleas, voto directo etc.). 

En las grandes ciudades esto podría ser así, pero desde luego no es el caso de aquellos sectores conservadores que se identifican con esta consigna. Aun cuando sus argumentos encajen bien en la visión del poder de algunas secciones urbanas del movimiento inspiradas en planteamientos libertarios (lo inmediato es lo único real, los complejo es sospechoso etc.), no tienen mucho en común ambas manifestaciones de rechazo de las formas delegadas de representación política.
Un viaje de no retorno a Londres
El segundo momento que radicalizó la crítica de los “políticos”, esta vez vinculándolos a los “banqueros”, fue la visita de Zapatero a Londres en mayo de 2010. En plena turbulencia financiera una serie de grandes actores financieros empezó a apostar contra la deuda soberana española. Esto produjo un rápido aumento de los diferenciales de riesgo con respecto a la deuda alemana y una especie de pánico en el palacio presidencial de la Moncloa. El Presidente Zapatero regresó de aquel viaje a Londres, destinado a asegurar a los llamados mercados financieros de que España iba a cumplir con las políticas de austeridad exigidas por ellos, anunciando el fin de las políticas de solidaridad para con los perdedores de la crisis. Este fenómeno coyuntural no explica la desafección por sí misma, pero la amplío a muchos votantes del PSOE que, igual que todos los demás gobiernos del entorno, se decantó por destinar el grueso de los impuestos de los ciudadanos a defender los intereses de los que habían causado la crisis (las oligarquías sociales y financieras) y abandonando así su pretensión de equidistancia entre “poderosos” y “ciudadanía”.

De hecho la indignación contra los bancos aparece, junto con el rechazo de al corrupción, como el segundo motivo más importante para participar en el 15-M. Pero no sólo. A diferencia de las protestas en otros países, en España estas se dirigieron contra el sistema político-electoral que hace imposible a expresión de la voluntad popular, contra el bipartidismo y la “clase política en su conjunto”, que en varias encuestas de opinión ya venía apareciendo desde hace meses como uno de los principales problemas del país (ver arriba).
El incendio de la Tea Party antineoliberal
En otoño de 2010 había en toda España una sensación de horfandad político-institucional, sobre todo en el lado de la izquierda. El único partido con un programa antineoliberal claro, Izquierda Unida, tenía sólo un par de representantes en el Congreso. Su refundación, lanzada dos años antes a bombo y platillo como un objetivo estratégico, había sido bloqueada por los sectores más inmobilistas de la organización decepcionando a no pocos militantes y simpatizantes (18). En el parlamento había una situación de gran coalición de facto que hacía imposible confiar en los cauces de la política organizada y aunque la huelga general de septiembre de 2010 tuvo un éxito razonable, no se confiaba demasiado en la voluntad de los sindicatos mayoritarios de seguir adelante con una política de oposición a las políticas neoliberales (19). 

La situación era, por tanto, comparable a la que se habría producido unos meses antes en los Estados Unidos donde tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata habían decidido salvar los intereses de la gran propiedad financiera con los impuestos de la mayoría de la población. Esta situación condujo al surgimiento de un movimiento ciudadano antiestatalista y conservador conocido por Tea Party. En España sucedió algo parecido aunque de signo ideológicamente inverso: surgió una Tea Party antineoliberal (20). En medio de aquella situación de estancamiento un grupo de personalidades, sindicalistas e intelectuales lanzaron un llamamiento a la población invitándoles a decir “basta ya” y a suscribir un programa antineoliberal de mínimos. Recibió miles de adhesiones en poco tiempo: fue el ensayo general del 15-M y muchos de sus impulsores participaron en dicho llamamiento. Meses después empezó a rodar la Tea Party antineoliberal.

Ambos movimientos, el norteamericano y el español, son de signo ideológico contrario pero tienen en común varios aspectos altamente relevantes que permiten sondear las disfuncionalidades de fondo que están afectando a dos sociedades capitalistas desarrolladas tan distintas como la española y la norteamericana. Ninguno de ellos procede del establishment político y ambos movimientos surgen porque las élites políticas dan signos de incapacidad de desentumecer una situación creada por los sectores más poderosos de la sociedad. En ambos casos los ciudadanos, aunque con programas políticos diferentes, reivindican su derecho a tomar decisiones políticas importantes, aspiran a arrebatarle el monopolio a los políticos profesionales en la toma de dichas decisiones.

En ambos casos se trata de un intento de la ciudadanía de definir la agenda política de los partidos, de no esperar a que siga siendo de la forma contraria. En ambos casos hay un rechazo del uso de recursos públicos para rescatar a los grandes intereses financieros, un rechazo que resultaba imposible de articular dentro de las instituciones debido a la situación de gran coalición de facto y del secuestro de los poderes políticos por parte de los poderes financieros. En ambos casos se trata de movimientos de protesta de sectores amplios de la ciudadanía inicialmente poco o nada organizados e ideológicamente abiertos aún cuando los grandes campos ideológicos sean opuestos. Eso les dio a ambos una transversalidad que el establishment político no pudo manejar de forma que los ecos de la calle empezaron a traspasar los muros blindados de los partidos. 

Ninguno de los dos movimientos son el resultado de acuerdos programáticos muy elaborados lo cual les da a ambos un carácter abierto aunque de fondo político distinto. La ausencia (¿aún?) de movimientos de masas de ultraderecha en Esapaña y la presencia de numerosos activistas de la izquierda en los primeros momentos evitó que el 15-M evolucionara desde posiciones ideológicamente ambiguas hacia una impugnación conservadora y antietatista de la “clase política”. Esto no quiere decir que los sectores “antipolíticos” de la ultraderecha no lo intentaran. De hecho llegan noticias de que en algunos territorios, donde los conservadores tienen una mayoría electoral aplastante, siguen intentándolo.
La manifestación del 15-M convocada desde la web Democracia Real Ya no fue rabiosamente multitudinaria. Sin embargo fue considerada un éxito rotundo teniendo en cuenta la ausencia de organizaciones convocantes importantes y sobre todos la forma nueva de prepararla a través de la web. En Madrid terminó con escaramuzas menores pero la acción represora de la policía generó una solidaridad generalizada insólita en estas situaciones. Es esta ola, y no tanto los hechos anteriores, lo que rompió el dique de la autocontención ciudadana. Condujo a la ocupación masiva de plazas encabezada por la de la Puerta del Sol de Madrid, un símbolo del republicanismo político que el gobierno conservador ha intentado borrar colocando en ella la estatua ecueste de un rey ilustrado.

Esta ocupación tuvo un efecto llamada inmediata sobre el resto del territorio y en cuestión de horas se produjeron un total de 74 acampadas en numerosas ciudades y pueblos de España: fue una ocupación física del territorio que complementaba el componente virtual y desmaterializado del movimiento. En las acampadas se empezaron a organizar comisiones, a montar infraestructuras y a recibir donaciones y el apoyo masivo de sectores amplios de la población (alimentos, bebidas, libros, colchonetas) creándose un clima de confraternización entre capas sociales y generaciones distintas que no se había vivido en España desde los años de la transición política.

Sin embargo los que participaron en la manifestación del 15-M no fueron exactamente los mismos que aquellos que participaron en las asambleas y acampadas. El segundo grupo es mucho más extenso e iba más allá del núcleo de activistas informáticos: son la pata no virtual del movimiento. Este grupo eclosionó como respuesta a la reacción de la policía y, sobre todo, a las tergiversaciones publicadas por los medios de comunicación conservadores, tergiversación que alimentó masivamente la indignación de muchos nuevos participantes (21). 

En este sentido la situación es comparable a la que se vivió en relación con la tergiversaciones de la autoría de los atentados del 11-M de 2004 por parte del Partido Popular y que llevó a su inesperada derrota electoral: sectores amplios de la población española parecen sentir un rechazo visceral a este tipo de prácticas. Con la extensión a los barrios el movimiento ganó en amplitud social y se capilarizó haciendo así técnicamente imposible su represión policial.
3 Estado e identidad del movimiento
Un movimientos de estas características es necesariamente intermitente. Al depender de la iniciativa espontánea y no disponer de una cáscara formal que le de continuidad en momentos bajos, se apaga y reaparece en función de objetivos concretos (una manifestación, una iniciativa concreta). Al final sólo quedan dos cosas: la estabilidad de los espacios de la web que, en este caso, son decisivos como hemos visto y los campamentos de las plazas, que han sido levantando. Sin embargo el movimiento está dando muestras de mantenerse más tiempo que otros parecidos. A esto contribuye la agudización de la crisis, pero también se debe a que se trata de un movimiento más estructurado de lo que parece: hay efectivamente algo nuevo en este movimiento.

Movimiento y estructura
Todas las izquierdas, incluso las derechas en las semanas iniciales del movimiento, han intentado conectar con el 15-M, bien sea alimentándolo organizativamente, -siempre a título individual de sus miembros- bien sea haciendo suyas algunas de las reivindicaciones. Esto les ha valido un gran reconocimiento a no pocas personas procedentes de espacios organizados estables que son invitadas a intervenir en las asambleas (por ejemplo en Valencia, Barcelona, Andalucía y Murcia). Si bien el 15-M no está “organizado”, en parte por insistencia de sus participantes libertarios (22), contiene redes y conexiones organizadas en su seno que explican su (cierta) estabilidad. Algunos de los grupos que impulsaron el movimiento desde el principio son creaciones de la izquierda tradicional (Juventud sin Futuro, Mesas de Convergencia, ATTAC, grupos ecologistas, de defensa de bienes públicos) que contribuyen a estabilizarlo. Muchos de sus iniciadores y continuadores son personas que abandonaron las organizaciones tradicionales por diferentes motivos pero que traen un bagaje del que se sigue beneficiando el movimiento. 

Esto explica que, a pesar de que ha decaído la participación, se hayan creado en muchos lugares núcleos de actividad potencial o “rescoldos” (Juan Manuel Aragües) (23) que se pueden reactivar si existe un número mínimo de actores coordinados para hacerlo. Estas estructuras ocultas ha permitido, al menos hasta ahora, mantener una resistencia descentralizada y de baja intensidad aunque relativamente sostenida en el tiempo y alimentada periódicamente por acciones locales (lucha contra los desahucios, acciones en sucursales bancarias, iniciativas locales etc.).
En realidad el movimiento ya ha triunfado en varios sentidos. En primer lugar ha conseguido definir una parte de la agenda política de todos los partidos y de los medios de comunicación. Políticos y opinadores oficiales están obligados a tomar posición sobre muchos temas puestos encima de la mesa por el 15-M. El ala más socialliberal del PSOE ha sido (temporalmente) acallada y en Izquierda Unida han salido reforzados los sectores que apostaban por la refundación frente a los sectores inmobilistas. Ha colocado a la defensiva a los movimientos independentistas de clase media a los que pilló por sorpresa con sus argumentos identitarios excluyentes que le interesan más bien poco a las clases populares en Euskadi y en Cataluña angustiadas por la crisis (24).

Además, ha creado un foco de poder ciudadano en la calle que persiste como realidad latente aún después de haberse levantado las acampadas. El movimiento ha cosechado alguna victorias concretas: se han conseguido parar varias decenas de deshaucios, se ha colocado a los banqueros y a las grandes fortunas contra las cuerdas, se han despertado la simpatía de muchos opinadores profesionales y periodistas, se han creado espacios ciudadanos para el estudio de problemas complejos como los mercados financieros y la crisis económica. Además ha generado una sensación de victoria que la izquierda no sentía desde la transición política.

Hay, sin embargo, aspectos que resultan menos alentadores. El esfuerzo por colocar a lo que une en el centro de la deliberacion política, el rechazo de las banderas de cualquier tipo, que obedece al intento de reducir al máximo los puntos de desencuentro, es sin duda un acierto que explica la transversalidad del movimiento. Sin embargo, llevada a cierto extremo, la “despolitización” dificulta la definición de un rumbo más claro hacia el que avanzar aún cuando las propuestas programáticas vayan llegando poco a poco desde algunas asambleas como la de Barclona o Madrid (25) El principal problema relacionado con la indefinición ideológica se debe a que muchos de sus integrantes rechazan cualquier forma de “política” desde posiciones postmodernas (Raquel Palacio). En estas posiciones la historia, las clases sociales y la distribución de la riqueza tienen menos importancia que el deseo de realización individual.

En cualquier caso: la adscripción ideológica del movimiento es unas de sus características más intrigantes. Por un lado hay un consenso entre sus miembros sobre la necesidad de eliminar símbolos identificativos de proyectos políticos concretos y explícitos (partidos, banderas rojas, banderas nacionales, incluso a veces banderas republicanas), de esquivar maximalismos, palabras de madera y frases hechas, y muchos participantes afirman incluso que el movimiento no tiene tendencia política. 

Sin embargo, la mayoría de ellos se declaran claramente a la izquierda del centro-izquierda26. Esto se puede interpretar como un intento de evitar que la ideología propia pueda crear desencuentros y entorpecer el crecimiento del movimiento: el corazón de los participantes es de izquierdas pero hay reticencias en hacerlo público y cierta aversión a etiquetarlo. Pero la ambigüedad política del movimiento persiste por mucho que algunos (viejos) activistas tiendan a ignorarla o a interpretarla sólo en clave positiva. Algunos participantes intentan reducir el movimiento a una metodología de participación en la que los objetivos - por ejemplo de lucha contras las privatizaciones- son relegados a un segundo plano aparentemente en favor de la unidad del conjunto, pero también debido al poco interés de algunos participantes por poner en marcha una mínima agenda antineoliberal con capacidad de generar hegemonías.

A esto se suma que en las asambleas de algunas ciudades abunda una concepción simplista de poder democrático en el que este es reducido a su versión más inmediata y palpable, y en el que cada uno sólo se puede representar a sí mismo si no quiere abandonar el espacio de la democracia veradedar. Cualquier forma de delegación institucional y no institucional, cualquier forma de organización, sean asociaciones de vecinos, partidos, sindicatos u ONGs son identificados por algunos participantes con el enemigo o tenidos por lugares obsoletos y pervertidos en los que no hay espacio para la “participación real de la gente”. Esto desarma al movimiento frente al avance institucional de los neoliberales. 

Aquí opera sin duda la tradición libertaria y su confianza en la participación directa como única garantía para el ejercicio de la democracia. La creación de puentes con espacios de lucha más tradicionales como partidos, sindicatos, asociaciones etc. sale fuertemente perjudicada, lo cual dificulta la formación de un bloque antineoliberal basado en la convergencia de todas las formas posibles de poder.
También el carácter asambleario tiene su coste. Es muy intensivo en tiempo de forma que tiende a expulsar a aquellos que no disponen de él para participar en unas asambleas que pueden llegar a durar muchas horas. Los desempleados que tienen que buscar trabajo, los trabajadores, las personas con compromisos familiares son discriminados frente a los que tienen mucho tiempo disponible. Al final esto grava la participación de las clases populares, de los participantes vinculados al mundo del trabajo y de las personas -sobre todo mujeres- con responsabilidades familiares y laborales. 

El núcleo más activo tiende así a estar cada vez más representado por los sectores más acomodados y alejados del grueso de los perdedores del neoliberalismo. Además este ambiente es propicio para la apropiación de las asambleas por parte de sectas políticas nacidas justamente de una parte de las clases medias urbanas con ilimitados recursos de tiempo, tiempo que pueden dedicar a una “hipermilitancia” (Mariano Pinós) que resulta inasequible para el grueso de la población.

Conclusiones: el futuro del movimiento
El movimiento tiene tres grupos de actores y su futuro depende de la composición personal de cada uno de ellos y de la integración de estos entre sí. El núcleo duro y minoritario que acampaba y dormía en las plazas está compuesto por activistas con un perfil político más definido e izquierdista, con mucho tiempo para dedicarle al activismo y pocas obligaciones laborales y familiares. 

El segundo grupo es más amplio y socialmente representativo. Está formado por personas con diferentes situaciones laborales y familiares que se acercan regularmente a las asambleas, pero que no intervienen mucho o casi nunca en ellas (27). Son ciudadanos comprometidos y fieles al movimiento, pero que no están dispuestos a tirarse horas y horas escuchando intervenciones. 

El tercer grupo está compuesto por visitantes ocasionales de las asambleas que lo miran todo con algo más de distancia, tienen otras prioridades y muestran una menor fidelidad y constancia en su participación. Son ciudadanos que no están tan ganados, a los que hay que intentar fidelizar con argumentos convincentes.
En mi opinión, el futuro del movimiento dependerá en buena medida de dos factores: (1) de la capacidad de crear nódulos más estables y estructurados con capacidad de reactivar los “rescoldos” en un momento dado. Estas estructuras tienen que alimentarse de ciudadanos de los tres grupos si se quiere evitar el aislamiento del movimiento. La construcción de estos “nódulos” o “mesas” es el objetivo de las Mesas de Convergencia y Acción Social (28).

(2) El futuro del movimiento depende también del perfil personal y político de aquellos que ocupen el núcleo duro. Este núcleo duro es el que mantiene viva la llama en horas bajas, está dispuesto a dedicarle más tiempo que el resto y por tanto es esencial para la asegurar la sostenibilidad del movimiento: sin su implicación activa se deshará el grueso de las redes. Si en este núcleo duro se imponen aquellos miembros que no aspiran a generar hegemonías sociales sino que se conforman con aplicar consignas maximalistas, con experimentar métodos de participación destinados a su propia realización personal es posible que el movimiento no llegue a ser mucho más que una innovadora experiencia política que quedará para el estudio de ensayistas y opinadores profesionales.

Si en este núcleo dominan aquellos que aspiran a construir un bloque social antineoliberal, bloque que aspira a conquistar una hegemonía social, el movimiento puede ser el primer capítulo de algo más grande. En cualquier caso parece imposible construir este bloque sin apoyarse en las tres fuentes de poder de las que cuenta hoy la ciudadanía en una sociedad capitalista desarrollada para hacerle cara al neoliberalismo: su propia implicación directa en la calle y en otros lugares,  su representación institucional y el trabajo organizado.

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1 El concepto de “indignados”, acuñado por Stéphane Hessel y difundido por los medios de comunicación españoles, no es el que ha dado nombre al movimiento desde el principio. Predomina el uso de los términos de “Movimiento 15-M” o de movimiento de “Democracia Real Ya”. Con el paso de los meses, la diversificación del movimiento y el aumento de la influencia de los medios de comunicación, se observa, sin embargo, cierta consolidación del uso del término “indignados”
2 Fernández Steinko (2010)
3 Fernández Steinko (2010, p. 168ss.)
4 Fernández Steinko (2003b)
5 Fernández Steinko (2003a, 2004b)
6 Fernández Steinko (2002)
7 Calvo (2011, p. 4). Los datos numéricos se refieren a una encuesta realizada en la asamblea de la ciudad universitaria de Salamanca en la que el 70% de los encuestados tenía estudios universitarios o estaba en vías de tenerlos. Este porcentaje no es exactamente representativo del total del Estado pero probablemente no se encuentre muy alejado de la media de todos los participantes a nivel estatal.
8 También el elevado nivel de instrucción permitió mantener una asistencia continuada de varias cientos de personas a la asamblea de economía organizada en el parque del Retiro de Madrid, personas que iban a aprender y también a debatir sobre las políticas económicas neoliberales. Todas ellas traían un elevado bagaje formativo. También el “servicio médico” funcionó con eficiencia a los calurosos meses del verano.
9 El perfil personal de una de las iniciadoras del espacio web llamado “Democracia Real Ya” que hizo la convocatoria de la manifestación de la que surgió luego el 15-M es muy revelador en este sentido. Mujer, mayor de 30 años, con un doctorado en filología y sin hijos, trabaja en régimen de mileruista desde su minúsculo apartamento del centro de Madrid -en el que vive sola- dando clases por internet de español para extranjeros (elearning) a profesores de todo el mundo vinculados al Instituto Cervantes.
Las nuevas tecnologías son su herramienta de trabajo natural y llegó a “gestionar” 350.000 participantes de facebook vinculados al 15-M y distribuidos por todo el mundo. Consiguió reunir físicamente en Madrid a casi cien representantes de asambleas locales del todo el Estado, pero la experiencia resultó excesivamente estresante para ella y tuvo que retirarse del movimiento a un segundo plano para poder conservar su integridad anímica.
10 Ver ¡Democracia real YA! - Europa para los ciudadanos y no para los mercados: No somos mercancía en manos de políticos y banqueros, Toma la plaza #Acampadasol: Madrid toma la plaza. Una innovación técnica sumamente efectiva fue poner un contador en la página que venía contando los días, minutos y segundos que faltaban para el comienzo de la manifestacion. Esto coloca a sus visitadores en una especie de puesto de salida a la espera del disparo para el inicio de la carrera. Una muestra de los carteles y eslónganes se encuentra en: voces con futuro.
11 Calvo el al. (2011, p. 10)
12 “Multinacionales, partidos políticos, sindicatos y bancos son las instituciones
de las que menos se fían los españoles” en ://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=198 91&id_seccion=8
13 Fernández Steinko (2010, pp. 222ss.)
14 Para la descripción de este espacio criminogénico ver Díaz Ripollés et al (2004).
15 OCDE (2009)
16 Calvo et. al. (2011, p. 15)
17 Así, por ejemplo Coutrot (2011) y Taibo (2010)
18 Ver Fernández Steinko (2009) y http://www.youtube.com/watch?v=mc1zrAld1-w
19 De hecho, pocos meses después de la huelga, los sindicatos mayoritarios firmaron un acuerdo con el gobierno destinado a “salvar a las pensiones”. Este acuerdo pretendía aplacar los mercados financieros y no tuvo éxito ninguno. Lo más preocupante es que se basaba en un tipo de análisis basado casi íntegramente en la interpretación del problema basado en los argumentos de los intereses financieros (“las pensiones son impagables por razones demográficas”, “hay demasiado Estado del Bienestar” etc.) y dejando de lado los argumentos de la oposición al neoliberalismo (“necesidad de regular los mercados financieros, de hacer una drástica reforma fiscal progresiva, creación de puestos de trabajo estables para financiar pensiones” etc),
20 “Intelectuales impulsan el “Tea Party” de izquierdas. En Público 21-2-2011. (http://www.publico.es/espana/362148/intelectuales-impulsan-el-tea-party-deizquierdas)
21 Así los datos aportados por Calvo et al (2011, pp.12 y 15)
22 Chema Ruiz (Madrid)
23 Aragúes (Zaragoza), Toledano (Cataluña)
24 Santamaría (2011)
25 Ruiz Ligero (2011)
26 Al menos en la ciudad de Salamanca este porcentaje asciende al 50% de los participantes entrevistados (Calvo et al 2011, p. 7)
27 Calvo et al (2011, p. 9).
28 http://redconvergenciasocial.org/
Referencias bibliográficas
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Santamaría, A.:”La rebelión de los indignados”, en El Viejo Topo, julio/agosto 2011
Taibo, C.: Entrevista a Carlos Taibo sobre el 15-M en sesenta preguntas. Octubre 2011 (http://www.carlostaibo.com/articulos/texto/?id=355)

(*) Investigador, ensayista y profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid